María Lejárraga y Deborah Levy

Hace unos días, mientras buscaba mujeres de leyenda para mi sección en “Las piernas no son del cuerpo”, me mandaron un vídeo. En él aparecía una señora hablando de una autora y de refilón, así como quien no quiere la cosa, mencionaba a una tal María Lejárraga. Lo poquito que decía de ella hizo que me picase la curiosidad. Y me puse a indagar.

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Resumiendo mucho, María fue una mujer enamorada del teatro, del verbo, y de un señor varios años más joven que ella, con el que se casó y al que regaló todo su talento. Ella escribía, él firmaba. Se supo todo a la muerte de ambos. No me explico por qué una mujer feminista como ella, que además fue diputada en el Congreso, aceptó algo semejante. La única respuesta, más allá de su amor, es que en realidad sabía que la única manera de que sus obras fuesen aplaudidas, pasaba por ahí, por la firma de su marido. Quiero pensar que fue más lista que el hambre y le hizo la jugada al heteropatriarcado, metiéndole un gol por toda la escuadra. Pero si queréis saber más, os dejo aquí mi intervención en la radio. He aprovechado además para colar “La Internacional” ahora que hay que celebrar que Rajoy pasa a la oposición.

Y de paso he recomendado “Leche caliente”, de Deborah Levy en Anagrama. El libro está ambientado en Almería, es maravilloso el retrato que esta autora sudafricana hace del Cabo de Gata. Una historia cargada de pulsiones sexuales en la que se navega por una relación tóxica entre madre e hija, asfixiante, y se habla del comienzo de una ruptura, con unos personajes cómicos y al mismo tiempo inquietantes.

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Comenzar de cero

Esta semana en “Las piernas no son del cuerpo” he recomendado la lectura de “La analfabeta” de Agota Kristof, de la editorial Alpha Decay.

Es una libro autobiográfico, corto, de apenas 34 páginas, (de hecho, en esta edición casi es más largo el prólogo que se marca Josep María Nadal). Lo importante de este librito en cualquier caso es lo que cuenta Agota Kristoff sobre su niñez, una infancia feliz, en la que devoraba cuantos libros caían en sus manos. Una afición que no sólo no le era reprimida, sino alimentada.

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Vemos la transición de esa niñez lectora a la adolescencia en un internado en el que al frío y al hambre se unen la pobreza y la separación de su familia. Se produce un primer paso importante, de lectora a escritora. Y continúa con una juventud con los soviéticos aplastando la revolución de Budapest, la huida.

Una nueva transformación, ahora, en refugiada. Y una pérdida, la de la lengua. Agota se convirtió en una de las mejores escritoras del siglo XX precisamente en el país en el que se exilió, en Suiza, y comenzando de nuevo, con otra lengua. De ahí el título, la analfabeta. La historia de una mujer que tuvo que aprender a leer y a escribir de nuevo, en otro idioma. Es un libro joya, con frases cortas preñadas de grandes reflexiones.

Lo de dentro

Robo a Robe. Ese tercer movimiento me asalta cada vez que aparece Ted, uno de los protagonistas de “La primera mano que sostuvo la mía”. Ese Ted asustado y mezquino que se aferra a Elina y la ata con un hijo. O Innes que da la vuelta al mundo de una Lexie que pasa de hacer lo que dicen sus padres a crecer en el vaivén de un tipo que viste camisas de color azul huevo de pato…

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“La primera mano que sostuvo la mía” de Maggie O’Farrell, es de la editorial Libros del Asteroide. Tenemos a dos protagonistas en dos tiempos distintos: mediados del siglo XX, con Lexie, una jovencita que a penas cumple 18 años decide dejar su casa familiar en el campo, una vida aburrida y asfixiante, para instalarse en Londres, y Elina, en el siglo veintiuno, una artista que ve como toda su vida se trastoca con el nacimiento de su hijo. Elina y Ted. Lexie e Innes. Lo fascinante de esta novela es cómo la autora es capaz de entrelazar las vidas de los protagonistas, historias de afectos y desapegos, con una calidad literaria magnífica y con pasajes de la vida cotidiana que, en ocasiones, son aterradores. Es el primer libro que leo de esta autora y me han impresionado su capacidad de manejar los tiempos y de jugar con la intriga.

La cotidianidad inspirada

Mary Lavin es traducida ahora, dos décadas después de su muerte, a nuestra lengua. Se ha atrevido Errata Naturae, que maneja ya una colección de títulos y autores interesantísimos. “En un café” es un libro de relatos, por lo tanto, no hay que leerlo de un tirón. Lo mejor es disfrutar de otras lecturas y regresar a por el siguiente cuento en cualquier momento.

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“En un café” se retrata con maestría lo cotidiano, una sucesión de relatos en los que nos encontramos con pequeñas escenas domésticas que contienen claves universales: el amor, el matrimonio, la familia, el lugar de la mujer en la sociedad, la emigración. Un libro donde también la pobreza se convierte en una protagonista que sostiene a los personajes. No es un libro de héroes, de grandes protagonistas con vidas dramáticas, no hay hazañas, pero sí mucha dignidad. En esencia, comparte con “Manual para mujeres de la limpieza” de Lucia Berlin esa facilidad para atrapar escenas de la vida, aparentemente sencillas, vacías, y llenarlas de contenido, de sensibilidad e interés.

Si tuviese que elegir uno de ellos, sería Limonada, donde Mary Lavin recrea con enorme precisión la amistad incondicional de dos niñas unidas por encima de cualquier convención social.

Hambrientos

Hoy he comenzado a intervenir en el programa “Las piernas no son del cuerpo” de Juan Luis Cano, en Melodía FM. Al finalizar cada una de mis secciones, (los domingos, tempranito, a eso de las 9:05), recomendaré algún libro.

Hambre

He empezado con “Hambre, memorias de mi cuerpo”, de Roxane Gay, editorial Capitán Swing, una biografía, o una radiografía sobre la forma de enfrentarse al mundo desde la obesidad mórbida de la autora. De cómo se juzga a la mujer por su cuerpo, de cuáles son los mecanismos que se nos activan para que odiemos nuestro físico y lo domestiquemos.

Lo que hace Roxane Gay con este libro es un desnudo integral en el que nos habla de cómo, tras sufrir una violación en grupo que no denunció porque se echó la culpa (por qué fui con ellos, por qué no me resistí lo suficiente), comenzó a comer de forma compulsiva para hacer de su cuerpo una barrera, un muro para los hombres, para el dolor que ellos suponían. Cuenta sus problemas del día a día: los dolores físicos, el autodesprecio, que no la vean como la autora de éxito que es, sino como una gorda; el no poder salir a cenar por miedo a no caber en las sillas, en que se rompan bajo su cuerpo, el tener que comprar dos asientos para viajar en avión. Es un trabajo asombroso, fascinante, conmovedor, que logra que te metas en la piel del otro.

Un alegato a la necesidad de crear una sociedad más justa, más empática, por la inclusión y la aceptación. Un canto al amor propio.

En “Hambre” encontrarás:

“El acoso es constante, tanto si digo algo trivial como serio. Nunca se me permite olvidar la realidad de mi cuerpo, cómo mi cuerpo ofende las sensibilidades de los demás, la manera en que mi cuerpo se atreve a ocupar demasiado espacio, la manera en que me atrevo a estar segura de mí misma, o me atrevo a emplear mi voz, o creer en el valor de mis opiniones, tanto a pesar de como a causa de mi cuerpo. Cuanto más éxito alcanzo, más me recuerdan que para muchísima gente seré nada más que un cuerpo. No importan mis logros; ante todo, seré gorda”.

“La vergüenza es difícil. La gente ciertamente trata de avergonzarme por ser gorda. Cuando voy caminando por la calle, hay hombres que se asoman por las ventanilla del coche y me lanzan comentarios de mal gusto sobre mi cuerpo, lo que opinan de él y lo mucho que les disgusta el que no satisfaga sus preferencias y deseos. Intento no tomarme en serio a estos hombres, porque lo que en realidad están diciendo es: No me siento atraído por ti. No quiero follarte, y esto perturba mi comprensión de mi masculinidad, de mi legitimación y de mi lugar en este mundo. No es mi cometido agradarlos con mi cuerpo”.

“Sería fácil pretender que estoy bien con mi cuerpo tal como es. Desearía no ver mi cuerpo como algo por lo que debería pedir disculpas u ofrecer explicaciones. Soy feminista y creo en eliminar los rígidos estándares de belleza que fuerzan a las mujeres a ajustarse a ideales irreales. […] Creo que es importantísimo que las mujeres se sientan cómodas con sus cuerpos, que no quieran cambiar cada cosita sobre ellos para poder sentirse de verdad cómodas. Quiero creer que mi valor como ser humano no reside en mi tamaño ni en mi apariencia física. Al haber crecido en una cultura que por lo general es tóxica para las mujeres y que constantemente trata de disciplinar los cuerpos de las mujeres, sé que es importante luchar contra los descabellados estándares en cuanto al aspecto que debería lucier mi cuerpo o el de cualquier otra. Lo que sé y lo que siento son dos cosas muy diferentes”.

“Equiparar delgadez a autoestima es una poderosa mentira. Está claro que es una mentira jodidamente convincente porque la industria de la pérdida de peso prospera. Las mujeres siguen tratando de doblegarse a la voluntad de la sociedad. Las mujeres siguen pasando hambre. Y yo también. […] Y entonces pienso en lo jodido que es promover la idea de que nuestros verdaderos yos son mujeres delgadas que están ocultas en nuestros gordos cuerpos como si fuesen impostoras, usurpadoras, ilegítimas”.