“No hablamos de futuro, porque no tenemos presente”

24 horas en El Bierzo

Sabes que llegaste al Bierzo cuando el motor del coche comienza a ahogarse por la pendiente de la autovía, cuando dejas atrás un paisaje seco, amarillento y monótono, para adentrarte entre montañas verdes. También un cambio en el cielo hace que estés más pendiente de lo que te rodea. Pasamos de los 33 grados de La Bañeza a los 28 de Bembibre con una tormenta aliñada con sus relámpagos que cae de forma intensa durante media hora. Sabes que llegaste porque en las faldas de esas montañas encuentras zonas negras, puede ser carbón apilado, o el que se deshecha por falta de calidad. Cruzas pequeñas localidades repletas de pancartas de apoyo a los mineros, al sector del carbón, y con saludos no tan simpáticos al Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Sabes que es un lugar especial por lo complicado que resulta moverse por las carreteras secundarias, las que a diario, cuando la mina funciona a pleno rendimiento, están plagadas de camiones cargados de carbón. Carbón autóctono, el mismo que mezclado con carbón procedente de otros países hace que funcione, por ejemplo, la central térmica de Cubillos de Sil.

Para llegar a Compostilla II antes has de recorrer varios kilómentros de una carretera tortuosa y estrecha rodeando el embalse de Bárcena. Cada pocos metros un cartel te recuerda la posibilidad de que se cruce algún animal salvaje en tu camino. Sigue lloviendo y en las curvas el coche pierde estabilidad. Un camino que conocen los mineros como la palma de su mano, pero que para el que llega de fuera puede ser una ratonera. A falta de carteles que señalicen cómo llegar a la térmica, corres el riesgo de aparecer a los pies de la presa. Contruída para la generación de energía eléctrica, sí, pero fundamentalmente para contener las aguas que se utilizan en la refrigeración de la central térmica. Marcha atrás y de nuevo ante una carretera llena de cruces que sólo los locales parecen saber traducir. Hasta que pones el cerebro a funcionar y llegas a la conclusión de que esa gran columna que ves a lo lejos podría pertenecer a las chimeneas de Compostilla II. Dos enormes chimeneas que queman diariamente 7.500 toneladas del combustible de la discordia. El carbón que hay apilado dentro de las instalaciones desde la última huelga minera en el año 2010. Porque el sector del carbón ya lleva 64 días de huelga. Nadie extrae este combustible fósil de las minas del Bierzo. Una parálisis que está haciendo tirar de reservas a la térmica y que mantiene en vilo a los mineros. Cada día, desde el lunes, alrededor de 160 hombres repartidos en turnos de ocho horas, se concentran a las puertas de esta instalación para impedir el paso de camiones cargados de carbón procedentes de las cuencas asturianas o de Galicia. Las reservas de minas de otras comunidades que esta gran mole necesita para funcionar con normalidad.

A las cuatro de la tarde los hombres del primer turno empiezan a dejar la zona arbolada donde se refugian del sol, que después de la descarga de agua, vuelve a salir y calentar con fuerza. Se echan a la carretera ante la atenta mirada de una patrulla de la Guardia Civil que vigila que no se rompa la tranquilidad. Con ellos está Santi, minero desde los 18 años, ahora trabaja en una explotación extractiva a cielo abierto, la Gran Corta de Fabero, una de las más importantes del Bierzo. Vigila el teléfono móvil, un aparato que no deja de sonar. Mensajes y llamadas de compañeros que están repartidos por las carreteras y autovías de la zona a la espera de localizar camiones que puedan venir cargados de carbón de acopio de minas asturianas hasta la térmica. Saben que están saliendo, pero no saben dónde pueden estar concentrándolos. Y eso es lo que tratan de averiguar porque no pueden permitirse el lujo de dejar un flanco desatendido. Después de semanas de movilizaciones han decidido quedarse en Compostilla II porque entienden que no pueden estar machacando constatemente al transportista o los vecinos con los cortes de carretera. Aguardan un cambio en la actitud del Gobierno, y especialmente del Ministro Soria. “No dudo de sus cualidades en el sector del turismo, pero no se puede comparar al minero. El nuestro es un sector estratégico. Si mañana no producimos carbón a quién se lo van a comprar. No, si no quieren el nuestro tampoco vamos a dejar que entre el de fuera”. Santi, como otros compañeros de las minas del Bierzo, no puede entender la actitud del canario cuando se trata de negar unas subvenciones que está comprometidas y cuyas partidas están aprobadas. “Nosotros, después de 64 días de huelga, no hablamos de futuro porque no tenemos presente, no sabemos si las minas van a poder pagar a los trabajadores aunque volviésemos mañana al tajo”. Con 37 años, este minero que antes, siendo “guaje” trabajó en la construcción, ve con desolación que su comarca se muere. Critica a aquellos que osan hablar de los privilegios del sector. “Sí, es cierto que se han dado subvenciones, muchos millones con el Plan Miner, pero en qué se han invertido, porque mientras unos hacían rotondas y chorradas, otros estaban dentro de las minas sacando carbón”. Este año, por ejemplo, explica Santi, se han recortado las becas del Plan Miner un 70%, becas de estudios para los hijos de los mineros o para los propios trabajadores. “Si esto ya está firmado ¿por qué no se cumple? ¿Qué nos queda hacer a nosotros, porque lo firmado no puede llevárselo el viento” Y si cierran las minas no sólo se quedan en la calle los trabajadores del carbón, también afecta a las empresas que suministran hierro o madera para hacer los cuadros en las galerías, los electricistas, los fontaneros o las empresas de suministro de gasoil para las máquinas. “Europa ha mandado el dinero y Soria ha decidido desviarlo a otros sectores. Nos han quitado lo que es nuestro”.

De privilegios y riesgos

Como Santi, son muchos los mineros que llegan a enfadarse cuando se les mencionan los privilegios de pertenecer a su sector, por ejemplo las prejubilaciones. “No se puede hablar sin saber. Raro es el minero que gana más de 2.000 euros, y también es raro aquel que no llega a los sesenta destrozado por la silicosis o por problemas derivados de la humedad que hay en el interior de la mina. Pregunta a cualquiera de los que están aquí, a ver si su padre o algún familiar no murió por esta enfermedad, demasiado joven” dicen Santi irritado. Cerca, un grupo de mineros de pie charla animadamente alrededor de un hombre que permanece sentado en una silla de esas que muchas mujeres ahora bajan a la orilla de las playas. Es Manolo, tiene 47 años y una gasa en el interior del muslo izquierdo. Lo primero que llama la atención de su pierna es la cantidad de zonas amoratadas que tiene no provocadas por una caída o un accidente. No. Lo que tapa la gasa es la herida producida por una pelota de goma que los antidisturbios lanzaron para disolver la manifestación de los mineros en Madrid el pasado 11 de julio. “Tiraron a darme, no fue un rebote. Sentí un golpe tremendo y un dolor muy intenso, pero no sabía dónde me habían dado porque de la cintura para abajo era insoportable. Como pude me refugié tras unos setos de la Castellana y empecé a explorarme. Me bajé los pantalones y ví el golpe.” Y sacó una fotografía del pelotazo. En la imagen puede apreciarse la quemadura que le provocó la pelota que reglamentariamente usan los antidisturbios. “Estuve tres días sin poder moverme de la cama porque me dolía muchísimo, es que ni siquiera podía sentarme, y mira cómo está ahora. Yo me pregunto si en vez de darme en el muslo me da en la cabeza qué habría pasado. Me mata seguro”. Después de catorce días del incidente la herida, según dice su médico mejora, pero la imagen es escalofriante, desagradable incluso.

Es uno de los riesgos que corren los mineros que defienden que la movilización es la única esperanza que le queda a un sector herido de muerte. Trabajadores y sindicatos coinciden en que es necesario que el Gobierno se siente a dialogar y que presente propuestas serias para la reconversión de las cuencas mineras y la desaparición de las subvenciones.”Este sector despierta odios y simpatías, pero lo cierto es que los mineros estamos muy unidos, y más cuando oímos en tertulias de televisión y radio tantas críticas de gentes que no saben de nosotros, de nuestro trabajo, de nuestras subvenciones o de un sistema de prejubilaciones que aprobó José María Aznar”. Así habla Guillermo, aunque no quiera reconocerlo es líder sindical de FITAG-UGT y columna vertebral para muchos mineros que no mueven un dedo sin antes consultárselo. Guillermo, que tiene 42 años, es hijo de una cordobesa que llegó de niña al Bierzo, acompañando a sus padres emigrantes, y de un minero leonés. Ha pasado 17 años en un lavadero de carbón y los últimos 6 trabajando en los almacenes y en la carpintería de una de las explotaciones del empresario Victorino Alonso. Ahora es además Presidente del Comité Intercentros de UMINSA lo que supone dedicación casi exclusiva a sus compañeros en estos días. Una vez a la semana CCOO y UGT se reúnen para planificar las movilizaciones de la semana, evitando sábados y domingos para que los mineros puedan pasar tiempo con sus familias. Acciones como las de los retenes o lo que más repercusión mediática tiene: los cortes de carreteras. “En Bembibre tenemos un problema y es que al haber una autovía y una carretera nacional tenemos que separarnos, y para organizarnos bien lo ideal es que el grupo que participe esté unido.” Lo importante en cualquier caso es el factor sorpresa, el minero trata de que el corte dure cuanto más mejor. Para eso son un pequeño ejército bien organizado. Unos compran los voladores (en Zamora, Benavente o en Galicia, para no ser identificados en su zona), petardos a los que cortan la caña para que no salgan en línea recta sino zigzagueando del tubo metálico desde el que se lanzan. Otros cortan vallas para construir esos tubos, hay quien corta árboles con los que preparar barricadas o recoge neumáticos abandonados. Cortan el tráfico plantándose a cuerpo gentil en una autovía en la que los vehículos circulan a alta velocidad. Una vez colocada la barricada uno de los mineros se hace con las llaves de los camiones parados en la vía para evitar que puedan despejarla rápidamente. Horas después el manojo de llaves se deja abandonado en un punto kilométrico del que dan cuenta a la Guardia Civil a través de una llamada telefónica efectuada desde una cabina. No pueden arriesgarse a fallar porque se juegan penas de prisión. “¿Creen que nos gusta hacerlo, y que no somos conscientes del perjuicio que generamos? Lo somos, pero no sabemos ya qué hacer ante un Gobierno que hace oídos sordos. Con este Gobierno pacíficamente nadie llegó a acuerdos. Hemos tenido ya varias reuniones en el Ministerio de Industria totalmente vacías de contenido. Es como estar en un frontón donde la pelota rebota una y mil veces” asegura Guillermo.

Guillermo está convencido de que la lucha minera va a servir de referente a otros colectivos. “Ayer tuve que ir a Madrid y me llamó la atención cómo médicos y enfermeros salen a la calle a cortar nada menos que la Castellana. Y en septiembre además de la manifestación convocada por los sindicatos, los estudiantes regresan a la Universidad, y también se van a levantar. Por eso nos quieren doblegar a los mineros, porque somos un referente histórico de la revuelta social”.

Encerrados en la mina

Cae la noche, se acerca la madrugada y aparecen decenas de hombres listos para pasar la noche a las puertas de la central térmica de Compostilla II. Y a unos kilómetros de allí, cinco mineros permanecen encerrados en el Pozo Santa Cruz. Para llegar a esta explotación minera antes hay que recorrer una carretera autonómica que atraviesa varios pueblos creados al calor de las explotaciones. La lluvia arrecia y los relámpagos dejan descubrir al viajero un valle casi asfixiante, entre altas montañas que no dejan ver otro horizonte. Todo verde, todo frescor, pero un muro de árboles y piedras ante los ojos. La carretera CL-631 obliga a pasar por Toreno y Matarrosa, a un lado y otro del camino van a apareciendo carteles que señalan la entrada de explotaciones mineras.

La mina Santa Cruz, perteneciente también al grupo de empresas de Victorino Alonso, sale de repente en un recodo del camino. Hay que atrevesar un pequeño río que estos días va bajo, pero en el que con paciencia se puede observar el salto de las truchas. El silencio lo inunda todo, la lluvia que arreciaba es ya un suave chispeo.Algo que no aprecian los cinco mineros que llevan ya 16 días encerrados en el interior.

En la bocamina tres hombres hacen guardia. Vigilan con un sistema de cámaras que todo en el interior de la explotación esté correctamente, y no se despegan de un interfono que los mineros encerrados utilizan para comunicarse con el exterior. José Manuel es uno de ellos. Tiene 45 años y apenas se separa de ese interfono. “Tenemos que estar alerta por si les sucede algo. Por si hay que llamar a la enfermera porque alguno se encuentra indispuesto o hay que hacer algún tipo de reparación. El sábado tuvo que entrar el electricista porque se quedaron sin corriente eléctrica”. Este hombre menudo, pero curtido como templero en la mina, reconoce lo complicado que es seguir adelante con el compromiso de sus compañeros, que no ven la luz del sol, que no sabrían si no fuese porque tienen relojes y entran a llevarles desayuno, comida y cena, si es de día o de noche. “Hay que ser muy valiente para estar ahí, hay muchísima humedad, a los dos días ya empiezan a tener problemas respiratorios, mocos y bronquitis. Yo no me metería, fíjate, si colocas madera en las galerías y en dos días ya tiene moho”.

A pesar de la hora,no duda en enseñar cómo funciona el sistema de comunicación con sus cinco compañeros.Todos están despiertos: Eliseo Otero, José Antonio Páez, Luis Ángel Castañedo, Miguel Ángel González y el búlgaro Ivo Mitkov. Cuentan que se encerraron en una antigua galería de la mina para apoyar la lucha de sus compañeros. A tres mil metros montaña adentro pasan el día leyendo, haciendo sudokus, crucigramas y dando paseos por las galerías. Esperan no tener que estar mucho tiempo allí porque eso significaría que los problemas se han solventado, pero no confían en José Manuel Soria. Se quejan sólo de la humedad “se nos mete en los huesos”, dice Miguel, de 43 años.El reloj avanza y es hora de dejarles descansar.

Entrar en la mina

A las siete de la mañana suena mi teléfono. Uno de los mineros que me hace de guía considera que ya es hora de comenzar la ruta por la zona y de gestionar que pueda entrar en el pozo con los encerrados. Se trata de evitar entrar con el grupo de periodistas de diferentes medios que ya tienen comprometida una visita a las doce del mediodía.

A plena luz del día se pueden ver aún los rastros del último enfrentamiento entre los mineros y los GRS en San Román de Bembibre. Una batalla campal que duró diez horas. “Hicimos varias barricadas con palos y neumáticos, en los accesos al pueblo y cortando la autovía y la nacional. Atravesamos nueve camiones. Los antidisturbios no tardaron en llegar, arremetían con los coches patrullas contra las barricadas, incluso una que habíamos hecho con las porterías de hierro del campo de fútbol, cuenta Tomás, picador de 33 años. “Yo iba con otros dos compañeros y acabamos en el río, con el agua por el cuello mientras nos disparaban bolas desde el puente, las oíamos silbar pasando al lado de la cabeza, si nos entallan nos matan”.

En lo alto de un montecito del pueblo, un jubilado ha colocado una bandera de España junto a una plataforma en la que se leen los días que pasó el primer grupo de mineros encerrados en el Pozo Santa Cruz y los días que llevan sus predecesores. De camino a esa mina Tomás intenta localizar a Silvia, la asesora de comunicación de Victorino Alonso, para conseguir permisos para entrar. Es demasiado temprano aún, nadie responde al otro lado de la línea. Mientras pasa el tiempo enfilamos con el coche hasta la mina, un paisaje que con la luz del día cambia notablemente. No parece tan asfixiante el monte, y cerca del carbón apilado un grupo de mariposas llena de color el espacio. En la bocamina encontramos a otros mineros pendientes de los encerrados. Con ellos, Enrique, un ingeniero de la empresa. Suena el teléfono móvil y es Silvia que dice que el ingeniero no accede a permitir que se baje si no es con el resto de periodistas. Toca llevar a la práctica la técnica de empatía se adquiere con varios años en la profesión. Y sí, funciona. Resulta que una sobrina política de Enrique, el ingeniero que tiene que dar el consentimiento, es de Castuera, extremeña, e hija de un hombre al que conozco. Qué pequeño es el mundo. “Pero hay una condición”, algo me decía que la habría. “Tienes que explicar bien lo que están haciendo y además me voy a asegurar de que sepas cómo es ésto”.

Enrique me hace de guía y me acompaña hasta los vestuarios de los mineros, donde me van a dejar un mono, un casco y unas botas reglamentarias para acceder al interior de la mina. Llaman la atención entrar en las instalaciones los cientos de trajes que hay colgados del techo. Son los que usan los mineros, llegan totalmente mojados del interior de las galerías y se cuelgan para que sequen con un sistema de aire caliente colocado entre las hileras de ganchos. Una vez desnudos, los mineros acceden a las duchas y ahí a sus taquillas. Una enorme sala con dos estancias donde no pueden faltar imágenes de mujeres desnudas. Eso es lo que ven estos hombres antes y después de salir de las entrañas de la montaña, los cuerpos esculturales de decenas de jóvenes sonrientes.

Ataviada ya con el uniforme reglamentario, antes de llegar a la bocamina he de hacer otra parada para que Antonio, electricista en la empresa y al que queda sólo un mes para la jubilación, me coloque la lámpara en el casco. Además tengo que firmar un documento en el que se recoge mi entrada y la autorización de UMINSA. Lejos de estar nerviosa o tener miedo estoy ansiosa por saber qué se siente cuando uno comienza a adentrase en la tripa del monte. Algunos mineros me han contado que en sus primeros días salieron corriendo de las vagonetas antes de completar los 30 metros. Yo tengo por delante 3.000 hasta llegar a los encerrados. Será Antonio el que me acompañe manejando la locomotora con la que nos adentraremos por las galerías. Parece pequeña, el habitáculo que compartimos desde luego lo es, pero engaña, pesa nada menos que ocho toneladas que Antonio conduce con maestría. La máquina se pone en marcha y comienza un traquetreo que se clava en la espalda, dejamos atrás la luz natural para, por tramos, ser iluminados por las lámparas que cuelgan del techo de la galería principal.

A medida que avanzamos comienza a notarse el cambio de temperatura, hace frío. Antonio me explica que es por la ventilación de las galerías y las corrientes donde se mezcla con el aire caliente. También la humedad, a izquierda y derecha de la locomotora hay pequeños charcos de agua, próximos a los raíles. “Dentro de la mina chispea” le digo a Antonio, que se ríe por la ocurrencia. Y es que en varios tramos parece que estuviésemos bajo una ducha.

Sólo se oye el traqueteo de la locomotora recorriendo metros, cien, doscientos, trescientos. A mi izquierda hay una plataforma elevada algo más de un metro sobre el suelo. Mi guía me explica que es una cinta transportadora donde los mineros echan el carbón extraído y así sacar el material de la mina. Cada cierto tiempo adivino en la penumbra huecos que salen a ambos lados de la galería. Antonio disminuye la velocidad para contarme: “Son galerías ya cerradas, otras en las que todavía se trabaja, también hemos pasado por delante del polvorín donde se guardan los explosivos”. Le pregunto cuánto tardaremos en llegar hasta donde están los mineros encerrados. “Unos 25 minutos en total”.

Dieciséis días encerrados

Será la novedad, la curiosidad, pero el tiempo se pasa deprisa, cuando quiero darme cuenta Antonio me indica que los mineros están ya a la vista. Ha oído el ruido de la locomotora y están saliendo del cuarto que han habilitado en una galería ya explotada. Junto a ellos están otros dos mineros, uno de ellos de origen portugués que baja cada día a echar un rato y hacer que se sientan menos solos. Miguel, Páez, Jelo, Ivo y José Antonio esperan con curiosidad, nadie les ha avisado desde bocamina de mi visita. Bajo de la locomotora cuando Antonio consigue frenarla y les pido que me enseñen “su casa”. Habitan en el hueco de una antigua galería ya cerrada que sale a mano derecha de la galería que hemos recorrido Antonio y yo. Es un espacio amplio, de unos cincuenta metros cuadrados donde tienen una zona de almacén de comida y utensilios de cocina. Todo perfectamente ordenado y limpio. “Cada día se encarga de la limpieza de ésto uno de nosotros” me explica Miguel, que es barrenista. Él hace de anfitrión mientras el resto del grupo mira casi con recelo. Llevan dieciséis días en la mina y están cansados de hablar con los periodistas que bajan a verles como si fuesen animales en un zoológico. Quizás compartan la impresión de “Fraude” un pájaro que les acompaña en su jaula y que llena de trinos el silencio que a veces se produce. A la izquierda hay una gran mesa con bancos corridos donde cenan, leen, hacen sudokus y crucigramas. Y al fondo, sobre una plataforma, los sacos de dormir. La temperatura es mucho más cálida en esta zona de la mina, pero eso no les ha salvado del resfriado. “Los primeros días estuvimos todos tomando mucolíticos” me cuentan. Ahora Páez, que es ayudante de minero, ha vuelto a recaer. “Pero esto me pasaría igual si estuviese fuera”. La pared de la galería que da acceso al habitáculo en el que hacen vida está llena de dibujos y cartas. Pertenecen al grupo de mineros que estuvieron 54 días encerrados en el pozo antes que ellos. En todos los dibujos se repiten las mismas palabras: “Papá, te quiero”. También hay cartas llegadas de todo el país alentándoles a seguir la lucha, a rebelarse contra el Gobierno, a nos desfallecer. Ánimos para un grupo de cinco hombres que no ven la luz de sol desde hace ya 16 días. Tampoco a sus familias. Hablan con sus mujeres y sus hijos a través de un teléfono que han instalado a unos quinientos metros de la estancia que habitan para tener algo de intimidad. A pesar del esfuerzo no son optimistas con el resultado de su protesta. Creen que el Gobierno está cerrado en banda y que las minas tendrán que cerrar sí o sí. Una experiencia por la que ya ha pasado Ivo. Es búlgaro, trabajó extrayendo plomo y cobre durante 7 años en las minas de su país, pero cerraron y tuvo que salir de allí. Acabó en el Bierzo, donde ahora es barrenista. Tiene claro que es minero y que buscará trabajo donde haga falta.

Me enseñan además el lugar donde lavan los platos y donde se duchan. Todo muy artesanal. La ducha es un bidón de plástico que pende del techo de la galería conoctado mediante un tubo a una alcachofa de ducha. Cada día les bajan agua caliente con la locomotora para que puedan asearse como si estuviesen en casa. Al lado hay un fregadero al que le suministra el agua la tubería que entra en la mina. “No vayas más allá” me avisan. Pregunto si es peligroso y estallan en carcajadas. “Un poco sí, bueno, puedes ir, pero lleva una mascarilla. Ahí al fondo es donde hacemos nuestras necesidades, el retrete vamos”. Después de un rato de charla decido dejarles. En un rato tienen que atender a un grupo de periodistas, entre ellos de la BBC. Antonio y yo montamos en la locomotora deseándoles mucha suerte y ánimo para aguantar en esas condiciones. Antes de poner en marcha el motor, Páez me dice “a ver si los periodistas contáis la verdad, que nos enteramos de lo que dicen en las tertulias sobre las prejubilaciones, los sueldos y las subvenciones y son todo mentiras”. Mi conductor decide marchar y vuelve el frío y la oscuridad de la galería. Atrás dejamos a estos cinco hombres que para sus vecinos son héroes.

Vuelve el traqueteo de la máquina, la humedad, y comienzo a charlar con Antonio, le cuento mis impresiones, y me habla de su desesperanza. No confía en que el Gobierno de marcha atrás. Y no dejo de pensar en que a él sólo le queda un mes de trabajo para la jubilación. La charla es animada, tanto, que llegamos a la bocamina sin apenas darnos cuenta. Allí me espera Tomás que ansioso me pregunta cómo me fue dentro. Tiene una sonrisa en los labios y me dice con orgullo “eres dura extremeña, hay compañeros que en su primer día no son capaces de pasar ni la mitad de tiempo que tú ahí dentro”. Ya, pero es que yo no tengo que jugarme la vida todos los días. Me despido de los mineros, de Enrique el ingeniero, y me queda sólo una cosa por hacer. Tocar el carbón del Bierzo.

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