“Ojalá les demos pena”

“Aunque sea eso, pena” dice Vanessa, tiene 27 años y está embarazada de su tercer hijo. Con una barriga de siete meses decidió ayer coger su Vito y un colchón e ir a acompañar a su chico en la Marcha Negra. Ha dejado con los abuelos, ya jubilados, a Israel y Naia, de siete y cuatro añitos, para apoyar a Óscar. “Vine a verles el lunes, cuando acabó la reunión en la que les contaron que el Gobierno de Rajoy no afloja estaban muy desanimados. Y como yo llevaba mal eso de que estuviese él fuera decidí venir”

Vanessa es autónoma, se dedica a la hostelería, y con el nuevo embarazo se ha tomado una baja por la que recibe algo menos de 500 euros. Lo justo para pagar la hipoteca. Ahora que Óscar está en huelga sus ingresos disminuyen, aunque miran con esperanza al futuro confiando en que la situación se reconduzca. “Tenemos mucha ayuda de los abuelos, que con sus 800 euros de la jubilación agraria que cobra mi padre, nos echan una mano si la necesitamos. Además vivimos en una casa preciosa que Óscar y su padre reconstruyeron en Brugo de Fenar. Somos pocos vecinos, no más de 100, y todos dependemos de la minería”.  Cuando nazca la nena que lleva en su vientre intentará seguir en el pueblo porque no quieren que anden de un sitio a otro siendo sus hijos tan pequeños. Además cuentan con amparo, tienen ropa para la futura integrante de la familia, y cosas de los hermanos. “Hasta el año y medio tomará teta, que eso es lo más caro, la comida. Bueno, y los pañales.  Si hay que pedir que nos ayuden, lo haremos porque lo primero son ellos.”

“Se llamará Ianire”

Cada noche dormirá con Óscar en la furgoneta, en la puerta del pabellón donde descansan los mineros. A su lado. Por la mañana, en cuanto comience una nueva etapa, el ayudante de minero se unirá a sus compañeros en la marcha. Y precisamente en una esas jornadas de asfalto y sol ha decidido cómo se va a llamar su hija. “Ianire, se lo ha inventado él, lo pensó por el camino y lo escribió en el casco, así es que ya se va a quedar con ese nombre” (Aunque sea precisamente Óscar Valle el único que en esta imagen no lo lleva puesto).

“La marcha -dice Vanessa- tiene mucho mérito, como lo tienen los encerrados en los pozos. Pero veo que les da igual. Yo sólo espero que entre todos seamos capaces de hacer algo. Yo creo que sí, que tardará, pero se arreglará”. Y así intenta explicárselo a los peques, que aunque no entienden demasiado de lo que está sucediendo ya saben que su padre baja a la mina para que ellos tengan una buena vida. “El niño cree que alguien que manda quiere cerrar las minas, va a las manifestaciones acompañándome y se sabe todas los gritos y las canciones”.

Desde la impotencia Vanessa se pregunta qué creen los españoles sobre lo que pasa en las cuencas, si saben el riesgo que corren sus hombres cuando bajan a los pozos del carbón. “Ellos tienen que entrar en las minas, que no es fácil, es un agujero. Sólo piden trabajo, ningún regalo”.  Aunque es consciente de la solidaridad que despierta el colectivo, “una leyenda, un mito porque ellos han conseguido derechos para todos los trabajadores” y eso se nota cuando a Óscar al paso por los pueblos le salen las mujeres mayores a ofrecer sus casas, hacerle la comida, lavar su ropa. Una de esas mujeres consiguió que Vanessa llorase. “La esperanza, con estos hombres de tanto coraje, no se puede perder”. De momento lo único cierto en su futuro próximo es que celebrarán juntos el trigésimoquinto cumpleaños de Óscar en plena Marcha Negra.

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