Tordesillas-Medina del Campo, una etapa con la Marcha Negra

Cuando una nace en una familia donde abundan los campesinos es difícil no ponerse de lado del que sufre la opresión, el despotismo del poderoso. En una casa en la que las noches de matanza, al lado de la chimenea, y en voz baja se hablaba de primos e hijos muertos en la Guerra Civil, en los silencios de la posguerra, la fascinación por la resistencia es difícil de contrarrestar. Por eso, cuando hace unos días Julián Carretero, líder sindical extremeño y amigo tuitero, me manda un mensaje invitándome a unirme a la Marcha Negra con los mineros del norte, no puedo más que emocionarme y empezar a hacer planes.

“Es una etapa dura, son 28 kilómetros por autovía” me dicen en Tordesillas. Ya, 28 kilómetros a los que hay que sumar los que se hacen de un pabellón a otro y los que se echan para entrar a los pueblos que salen al paso en la autovía. Una paliza para los mineros que salieron el día 22 de junio desde Villablino, y para intrusos como yo, pero merece la pena intentarlo, sobre todo, para poder contarlo.

Salida desde Tordesillas

Hay que madrugar, se trata de salir con los primeros rayos del sol, esos que alumbran y no queman la piel. Aún así, a las puertas del pabellón deportivo de Tordesillas abundan los botes de crema de protección solar. Los mineros van recogiendo bártulos, desayunando y sometiéndose a los últimos cuidados de los voluntarios de la Cruz Roja y de Protección Civil. Se cuidan, se arropan, se protegen y también se gastan bromas antes de salir para hacer más llevadero lo que queda por delante. Y aconsejan a los nuevos: hay que cuidarse los pies, nada mejor que la vaselina.Al grupo de extremeños que hoy, 3 de julio, nos unimos a la causa, nos invitan a café recién hecho, y a galletas que son muy de agradecer cuando uno madruga tanto y en el hotel le dicen que la cafetería no abre hasta las ocho. Acercándose ya las siete de la mañana el moviemiento es constante. Mineros organizando la marcha. En cabeza los mineros, y detrás los añadidos. Son ellos los que han de marcar el paso, que será rápido y constante durante todo el trayecto. Ellos también los que reciban los primeros aplausos de todo aquel que se cruce en su camino. Poniéndose en fila, y antes de que comiencen a caminar, algunos mineros utilizan paredes y bordillos para hacer estiramientos. Pasan pocos minutos de las siete de la mañana cuando ya se inicia la marcha. No es imprescindible volver a atravesar el pueblo de Tordesillas para llegar a la entrada de la autovía, pero hay que hacerse notar. Hacer ruido, porque de eso se trata, de llamar la atención sobre un sector en decadencia al que el Gobierno de Rajoy pretende dar la puntilla.

Los primeros metros por el pueblo se recorren en silencio, sólo se oyen las pisadas fuertes de los mineros, el ruido de los bastones de apoyo chocando con el pavimento. En una de las calles, una padre con su hija pequeña aferrada a sus piernas saluda a los mineros. Tímidamente, la niña sonríe y agita su manita con los ojos hinchados por el sueño. Como ellos, son muchos los vecinos que sin decir nada, asoman la cabeza por puertas y ventanas.Dicen adiós con la mirada a estos hombres y mujeres, las menos, que enfilan hacia Madrid para gritarle al mundo que quieren trabajar. Que quieren que el Gobierno cumpla con los compromisos que adquirieron los ejecutivos anteriores. Que este año el Plan del Carbón contempla más de 700 millones de euros de ayuda y que les recortan el 63%. Lo que les dan es una cifra ridícula para muchas empresas que tendrán que cerrar, dejando a miles de mineros en la calle. Familias sin trabajo, pueblos sin esperanza, sin futuro.

Campos de Castilla

Y en ese silencio recorren las calles de Tordesillas. La intrusa quiere preguntar, escuchar, conocer, pero impera la concentración, por lo que no queda otra que hacer caso al refranero: Allá donde fueres…Y callas, te concentras en lo que esos hombres pueden estar pensando, si tienen esperanzas, si echan de menos a los suyos, a las mujeres, las madres, los hijos que quedaron esperando en las cuencas. Y miras a tu alrededor y disfrutas de estampas como la de la columna de mineros atravesando el puente que salva en Tordesillas las aguas del Duero. Y qué coño, también piensas chorradas como la putada que es hablar de Marcha Negra y que todos tengamos que llevar un chaleco reflectante. Porque mientras un pie da paso al otro hay tiempo para mucho. No olvidas que el movimiento minero es uno de los que ha hecho historia en la defensa de los derechos de los trabajadores. Se te vienen a la cabeza las lecciones aprendidas en la Universidad de aquellas huelgas generales del 33 convocadas por la CNT, del Gobierno de Lerroux, de los levantamientos del campo, y especialmente de los asturianos. Y como ayer estuvieron en la vanguardia, hoy vuelven a hacerlo.

Y en esas estás cuando del silencio se pasa a un murmullo cada vez más sonoro. “Cuidado, que nos incorporamos a la autovía y aquí ya hay más tráfico” Las patrullas de la Guardia Civil que custodian la movilización y los operarios del servicio de mantenimiento de carreteras ya han empezado a colocar conos en la calzada dejando a los mineros el carril derecho libre. Hay que procurar permanecer en el arcén, porque muy cerca pasan camiones y coches, puede ser peligroso. Sucede, sin embargo, que pierdes al miedo al tránsito. Porque lo que antes era un silencio sólo roto por el trino de los pájaros, ahora es un constante ir y venir de ruido de motores. Y cláxones. Y gritos de ánimo. Sí. Pasan los coches y el copiloto baja la ventanilla, saca medio cuerpo por ella y aplaude “Vamos, valientes, que sois muy grandes”. Oyes aproximarse a los camiones porque minutos antes hacen sonar sus bocinas y te giras a mirar y descubres al conductor con el puño en alto, puedes leer en sus labios “¡Ánimo, coño! ¡Así se hace!” Y dejas de ser una intrusa para sentirte parte de la protesta, porque te emocionas, porque aunque apenas has recorrido unos kilómetros empiezas a notar un picor extraño desde la punta de los pies hasta las caderas, porque las manos se hinchan del calor, porque tienes sed, y porque sabes que acabas de empezar y quieres vivir todas esas emociones hasta el final. La cabeza es una olla a presión, recuerdas a tus padres que siempre te contaron lo que hicieron en sus años universitarios, las revueltas y las carreras ante los grises por los portales de la Plaza Mayor de Salamanca. “Mírame papá, yo no corro, pero resisto”. Recuerdas a tu abuela, que hace poco te contaba cómo se unió a un grupo de refugiados en plena guerra civil para dejar atrás su casa y caminó días enteros, y durmió al raso hasta llegar a Ciudad Real en busca de su hermano. “Yo también camino, abuela”. Y aparecen tus hijas, pequeñas aún, que no entienden a qué demonios ha ido su madre allí, que creen que está buscando trabajo en alguna tele. “Esto es por vosotras, por vuestro futuro, y para que aprendáis a luchar por los demás”. Así de cursi se pone una, sí. Pero todo tiene un límite y llega cuando estás a punto de tropezar con el minero que te precede. “¿Qué pasa, que parece que bajamos el ritmo?” pregunto después de pisarle. “Que hay que coger fuerzas, niña”. ¡Bien! Vamos a parar, lo necesito, porque ellos se paran al ladito del seto y tan campantes, pero una todavía tiene pudor y decide esperar para buscar un sitio resguardado donde poder orinar sin ser vista.

Falsa alarma. Hay que seguir aguantando, porque en ese “coger fuerzas” no hay ninguna parada. La vegija tendrá que esperar. Los mineros, como los ciclistas, cogen al paso, de cestas y cajas en el suelo, plátanos, manzanas, refrescos y botellines de agua. Ahora sí comienza la charla, empiezan las bromas y el ruido. Cada vez que pasamos cerca de una señal de tráfico los mineros golpean sus palos, se hacen notar. Y va necesitándose ese espíritu porque el sol ya calienta, el cansancio hace mella y el paisaje es muy monótono. “No fue por estos campos el bíblico jardín” recuerdo la canción de Extremoduro y pienso otra vez en lo parecidos que son los problemas de las cuencas mineras con los que padecen muchas pequeñas localidades extremeñas. Pueblos a los que tanto recorte va a dejar sin centros de atención médica, sin escuelas para los niños. La dispersión, envenenada excusa. ¿Qué pasaría con las ciudades si todos los que viven en las cuencas mineras se quedan sin trabajo, si todos los agricultores deciden que ya está bien de malvender su sudor? ¿Cuánto tiempo sobreviviríamos sin ellos?

El hombre de la piruleta

Nos aproximamos a Rueda, por el camino vemos los viñedos, las parras en las que verdean ya los primeros racimos de uva, y sin premeditación se acelera el paso, hay ganas de llegar. Hay ganas de hacer una parada, de comer, de cambiar los calcetines, de airear los pies. Y los mineros gritan, de repente, gritan a alguien. Sonríen, se miran, ríen a carcajadas. Es Santi. Un minero asturiano que cada día hace la marcha negra en moto, porque no puede hacerla de otro modo. LLeva en huelga varias semanas. Coge su Honda Varadero y hace paradas por el camino, justo en esos lugares donde no hay nadie para aplaudir a los mineros, donde no pasan coches que les animen. Para esos romper esos momentos de aburrimiento eterno está Santi.

Y por fin dejamos la autovía. Una patrulla de la Guardia Civil observa el paso de la marcha minera apostados a la entrada de una finca, mientras la columna enfila hacia la entrada de Rueda por una especie de polígono industrial. Aparecen también los primeros vecinos. Trabajadores de las empresas, de las fábricas que salen a curiosear. Alguno aplaude tímidamente. El tráfico se detiene para dejar pasar a los mineros. Nos adentramos en la localidad y llegamos a la travesía principal. Cada vez son más los vecinos, la mayoría personas mayores, hombres y mujeres, los que salen de sus casas o desde la puerta aplauden. Son ellos, su energía, su calor, las baterías de los mineros. Esa demostración de apoyo y afecto, de admiración también lo que les empuja a seguir. Paramos y me cuelo en una cafetería donde con ojos suplicantes le pido a la empleada usar los baños. “Claro, mujer, pasa”. A la salida me aborda un señor mayor, con más de 90 años. “Toma, hija, mucho ánimo” Dori, que así se llama, me da una piruleta con forma de corazón y es entonces cuando noto que algo me falla. Debe ser la edad, el cansancio, noto un pequeño apretón en el pecho, y un picor extraño en los ojos. Y mis brazos, como si no tuviesen quien los gobernase se echan encima de Dori. Le rodeo y le planto un beso en la mejilla, y él aguanta con estoicismo. Contengo las ganas inmensas de llorar, porque este hombre, con ese gesto me ha hecho sentir grande.

Quiero quedarme con él, preguntarle quién es, pero se me escapa la marcha negra, tengo que darme una carrera para alcanzar, exhausta, la cola del grupo. Y de repente, paran. Si lo llego a saber…Los mineros buscan sitio en una pequeña explanada al pie de la travesía de Rueda. Camiones de CCOO y UGT les proporcionan bocadillos y bebidas. Mucho de lo que estos días están comiendo y bebiendo los mineros son donaciones. De bares, de pequeños comercios, de visitantes, de los vecinos. Unos llevan vino o refrescos, otros como las cofradías de pescadores asturianos les llevan parte de su trabajo, los extremeños paletillas de ibérico y productos de la tierra. Cada uno en la medida de sus posibilidades. Y ellos, los mineros lo anotan todo en un cuaderno para, a la vuelta, dar las gracias. Llevan varias semanas sin trabajar, no van a cobrar un euro, algunos encerrados en los pozos, otros cortando las carreteras en las cuencas y haciendo cientos de kilómetros a pie con destino a Madrid para exigir que se cumpla lo pactado.

Se forma un pequeño revuelo y aparecen periodistas. Como abejas entorno a una flor se concentran alrededor de Toxo y Méndez, que han decidido unirse en este punto de la marcha y completar la etapa al lado de los mineros. Algunos mineros se revuelven. Dicen sentirse utilizados. Otros les hacen callar, saben que su apoyo es crucial para tener más repercusión mediática. Y entretanto veo desde la barrena el ir y venir de mis compañeros. Periodistas de lo urgente, narradores del ahora, del ya. Sin tiempo a la reflexión, corta y pega, cacarea como un loro lo que antes te dijeron. Siento una mezcla de lástima y asco. Porque yo estaba en esa rueda centrifugadora hace dos días, jugando en la misma ruleta. Y al mismo tiempo, esa envidia por no ser tú quién va a contarlo. Pienso en otra cosa y me separo del grupo de extremeños con los que comparto ruta. Me adentro entre el grupo de mineros, los que llevan los cascos sucios, ennegrecidos. Hombres rudos que no sienten la más mínima necesidad de disimular que la idea de tener a una chica joven por allí les alegra la vista. “Morena, ven aquí tú” me gritan. Y me acerco. Tras los primeros vaciles empezamos a intimar. Les cuento que soy extremeña, que quería saber más de su reivindicación y se van acercando los más timidones, hombres grandes como muros, a contarme que sus padres son extremeños: de Villar del Rey, de Granja de Torrehermosa, de Barcarrota. Y se me ilumina la cara, hasta que me dicen que nunca han estado allí. Que no conocen la tierra donde nacieron sus padres.

Medina del Campo aguarda

Rodeada de hombretones se reinicia la marcha después de un pequeño alboroto. No quieren que Toxo y Méndez encabecen la ruta, es una forma de dejar claro que la Marcha Negra es de los mineros. Santi aparece con su pancarta de apoyo en un recodo el camino, vamos dejando atrás Rueda y sus gentes. Y ahora sí, entablo conversación con los mismos que hace un rato no tenían ganas de charla. Me cuentan mientras caminamos que acaban de decirles que la reunión con el Ministro Soria no ha dado resultados, están enfadados incluso “Y para decirnos que no ceden, que no dan su brazo a torcer nos hacen ir a Madrid, ¿para eso convocan una reunión?” Hay que seguir con las movilizaciones, esa es la respuesta, concluyen, que hay que dar al Gobierno. Sobre Extremadura, IU, Monago y Cataluña. Sobre recortes, Marx, diarios internacionales me habla uno de ellos al que llaman “el frutero” y al que pedí en el pueblo que me hiciese una foto con el grupo de la mina Santa Lucía. Lo intentó, sólo que con la cámara del revés. Mientras charlábamos un par de mineros me preguntaron de nuevo quién era y qué hacía allí. Uno me advirtió “no digas que vienes a pasar el día, dí que eres de algún periódico porque si no te van a echar para atrás, aquí delante sólo podemos ir nosotros”. Sergio y Jonathan, dos jovencísimos mineros me contaron que andan escribiendo y publicando en Twitter todo lo que les pasa. Sergio aguanta hasta el final, Jonathan cada vez tiene que meterse antes en la ambulancia de Cruz Roja.

Me presentan a Jonathan, tiene 28 años y comenzó a trabajar en la mina hace ya 9 años. En casa le espera su mujer y un bebé de apenas seis meses. Me confiesa que no sabe hacer otra cosa que bajar al pozo, que su vida es la mina, y que sin ese trabajo no podrá dar de comer a su pequeño Aarón. Esta torre de hombre se agacha para que pueda ver bien a sus dos amores, los lleva consigo, en su casco.

El grupo se revuelve, como en el juego del teléfono loco llegan más malas noticias. A la pérdida de tiempo con Soria se une el asalto de los GRS a Ciñera. Un pequeño pueblo minero atravesado por la N630 desde el que se inician muchas de las revueltas mineras. Dicen que hay detenidos, incluso heridos. Dicen que durante una hora han cortado las señales de telefonía móvil para intentar que nada se supiese de lo que estaba pasando. Dicen que los antidisturbios no han diferenciado entre mineros y vecinos. Dicen, dicen, dicen, pero habrá que esperar a llegar a Medina del Campo para abrir los diarios digitales y tener más información. “Por eso nos tienen a nosotros aquí-dice Pedro, otro minero- porque si estuviésemos en la mina nos llevaban detenidos, ahora estaríamos cortando las carreteras que para eso somos los jóvenes, los que podemos correr y tenemos aún fuerzas”. Pero como hay tiempo para todo me dice eso tan manido de “¿puedo hacerte una pregunta personal, pero no te ofendas?” Malo, pienso… “A ver, dime”… Y muy resuelto Pedro me responde “es que hemos hecho una apuesta todos los que hemos caminado detrás de tí. Así es que tienen que ser sincera porque yo soy el único que ha apostado en contra de lo que dicen todos estos?” Y todos esos, los de atrás, ríen, unos tímidamente, hasta poniéndose colorados, otros descaradamente. ¡Ay, madre, qué miedo me dan!.

Trago saliva, sonrío y me hago la resuelta… “Venga, pregunta” y Pedro, sin dejar de sonreír dispara a bocajarro: “¿Llevas tanga o bragas?” Creo que he ligado. O no, pero el caso es que desde ese momento, Pedro, que ganó la apuesta, se convierte en mi guardaespaldas en la marcha hasta llegar a Medina del Campo.

Lágrimas al paso

Tras un cambio de rasante divisamos Medina del Campo y la salida de la autovía, ya hemos pasado de largo los 28 kilómetros y noto cómo van creciendo dos ampollas en la planta de mis pies. El izquierdo lo llevo peor. Se lo cuento a los mineros y me mandan a la ambulancia de Cruz Roja. Ni de coña, tengo que llegar con ellos, tengo que terminar lo que he empezado, qué carajo de solidaridad obrera sería entonces. No. Sigo. Me estoy muriendo del dolor, pero soy mujer, sé fingir.

Antes de entrar en las calles de Medina del Campo vivimos una escena emocionante. Los mineros de Palencia, que se han acercado en autobús, esperan en dos filas abriendo un pasillo de la victoria para sus compañeros asturianos y leoneses. Pasar por debajo de sus bastones emociona, casi hasta la lágrima, pero el derroche llega minutos después, en las calles del pueblo cuando los mineros se lanzan a gritar sus proclamas “Somos mineros, no terroristas”, “Mineros en lucha por cuatro hijos de puta”, “Aquí están, estos son, los que sacan el carbón”. Explotan petardos a su paso. Y empiezan a cantar…

Nel pozu María Luisa
Trailarai larai, trailarai
Nel pozu María Luisa
Trailarai larai, trailarai
Morrieron cuatro mineros
mirái, mirái Maruxina, mirái
mirái como vengo yo

Traigo la camisa roxa
Trailarai larai, trailarai
Traigo la camisa roxa
Trailarai larai, trailarai
De sangre d’un compañeru
Mirái, mirái Maruxina, mirai
mirái cómo vengo yo

Traigo la tiesta rota
Trailarai larai, trailarai
Traigo la tiesta rota
Trailarai larai, trailarai
Que me la rompió un barrenu
Mirái, mirái Maruxina, mirái
mirái cómo vengo yo

Santa Bárbara bendita
Trailarai larai, trailarai
Santa Bárbara bendita
Trailarai larai, trailarai
patrona de los mineros
Mirái, mirái Maruxina, mirái
mirái como vengo yo
Patrona de los mineros
Mirái, mirái Maruxina, mirái
mirái como vengo yo

Y lloras, exhausta, de emoción, de cansancio, como si en lugar de haberte criado en un pueblo de sierra extremeño como Montánchez hubieses nacido a la boca de un pozo en la cuenca leonesa. Lloras sin levantar la cabeza para que no te vean, y recibes golpecitos en el hombro, abrazos de esos hombres mayores, de esas ancianas que llevan un rato a la sombra, en las aceras, esperando a que llegues para animarte. Y lloras. Sólo lloras.

Y cuando pasas el sofocón, a escondidas, caes al suelo, cerquita de la ambulancia de la Cruz Roja y solamente piensas en quitarte las zapatillas, hacen daño, dan calor. Se acerca un voluntario y me pregunta si necesito ayuda. Le explico lo de mis ampollas y me echan un vistazo. Al fondo de la plaza, Toxo y Méndez hablan a los mineros subidos en un escenario que el Ayuntamiento de Medina del Campo les ha preparado a los pies del edificio consistorial. “Una de las ampollas se ha roto, si quieres puedo terminar de vaciarla. La otra es mejor dejarla para que se vaya secando sola”. Cual Paquirri en sus últimas horas doy las instrucciones “abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en su manos”.

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3 pensamientos en “Tordesillas-Medina del Campo, una etapa con la Marcha Negra

  1. Por supuesto que no son terroristas. El terror lo siembran otros con sus políticas, y quienes a cambio de un sueldo masacran a la clase obrera cuando “molesta”, una clase obrera a la que por cierto también pertenecen, aunque alguien se lo haya hecho olvidar muy habilmente… Me ha gustado leer las entradas de tu blog sobre la marcha negra, se nota que lo enfocas con sinceridad, supongo que es la sinceridad que da la independencia, algo escaso entre los de tu profesión. Un saludo.

  2. Genial, Solomando, genial… !!! Me has emocionado jodía con Dorio, con tus hijas… pero tb me he reído ( qué ocurrrencia lo del tanga …) y el final a lo Paquirri lo más!!!
    Un abrazo y fuerza, mucha fuerza Solomando !!! tq !!

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