“No hablamos de futuro, porque no tenemos presente”

24 horas en El Bierzo

Sabes que llegaste al Bierzo cuando el motor del coche comienza a ahogarse por la pendiente de la autovía, cuando dejas atrás un paisaje seco, amarillento y monótono, para adentrarte entre montañas verdes. También un cambio en el cielo hace que estés más pendiente de lo que te rodea. Pasamos de los 33 grados de La Bañeza a los 28 de Bembibre con una tormenta aliñada con sus relámpagos que cae de forma intensa durante media hora. Sabes que llegaste porque en las faldas de esas montañas encuentras zonas negras, puede ser carbón apilado, o el que se deshecha por falta de calidad. Cruzas pequeñas localidades repletas de pancartas de apoyo a los mineros, al sector del carbón, y con saludos no tan simpáticos al Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Sabes que es un lugar especial por lo complicado que resulta moverse por las carreteras secundarias, las que a diario, cuando la mina funciona a pleno rendimiento, están plagadas de camiones cargados de carbón. Carbón autóctono, el mismo que mezclado con carbón procedente de otros países hace que funcione, por ejemplo, la central térmica de Cubillos de Sil.

Para llegar a Compostilla II antes has de recorrer varios kilómentros de una carretera tortuosa y estrecha rodeando el embalse de Bárcena. Cada pocos metros un cartel te recuerda la posibilidad de que se cruce algún animal salvaje en tu camino. Sigue lloviendo y en las curvas el coche pierde estabilidad. Un camino que conocen los mineros como la palma de su mano, pero que para el que llega de fuera puede ser una ratonera. A falta de carteles que señalicen cómo llegar a la térmica, corres el riesgo de aparecer a los pies de la presa. Contruída para la generación de energía eléctrica, sí, pero fundamentalmente para contener las aguas que se utilizan en la refrigeración de la central térmica. Marcha atrás y de nuevo ante una carretera llena de cruces que sólo los locales parecen saber traducir. Hasta que pones el cerebro a funcionar y llegas a la conclusión de que esa gran columna que ves a lo lejos podría pertenecer a las chimeneas de Compostilla II. Dos enormes chimeneas que queman diariamente 7.500 toneladas del combustible de la discordia. El carbón que hay apilado dentro de las instalaciones desde la última huelga minera en el año 2010. Porque el sector del carbón ya lleva 64 días de huelga. Nadie extrae este combustible fósil de las minas del Bierzo. Una parálisis que está haciendo tirar de reservas a la térmica y que mantiene en vilo a los mineros. Cada día, desde el lunes, alrededor de 160 hombres repartidos en turnos de ocho horas, se concentran a las puertas de esta instalación para impedir el paso de camiones cargados de carbón procedentes de las cuencas asturianas o de Galicia. Las reservas de minas de otras comunidades que esta gran mole necesita para funcionar con normalidad.

A las cuatro de la tarde los hombres del primer turno empiezan a dejar la zona arbolada donde se refugian del sol, que después de la descarga de agua, vuelve a salir y calentar con fuerza. Se echan a la carretera ante la atenta mirada de una patrulla de la Guardia Civil que vigila que no se rompa la tranquilidad. Con ellos está Santi, minero desde los 18 años, ahora trabaja en una explotación extractiva a cielo abierto, la Gran Corta de Fabero, una de las más importantes del Bierzo. Vigila el teléfono móvil, un aparato que no deja de sonar. Mensajes y llamadas de compañeros que están repartidos por las carreteras y autovías de la zona a la espera de localizar camiones que puedan venir cargados de carbón de acopio de minas asturianas hasta la térmica. Saben que están saliendo, pero no saben dónde pueden estar concentrándolos. Y eso es lo que tratan de averiguar porque no pueden permitirse el lujo de dejar un flanco desatendido. Después de semanas de movilizaciones han decidido quedarse en Compostilla II porque entienden que no pueden estar machacando constatemente al transportista o los vecinos con los cortes de carretera. Aguardan un cambio en la actitud del Gobierno, y especialmente del Ministro Soria. “No dudo de sus cualidades en el sector del turismo, pero no se puede comparar al minero. El nuestro es un sector estratégico. Si mañana no producimos carbón a quién se lo van a comprar. No, si no quieren el nuestro tampoco vamos a dejar que entre el de fuera”. Santi, como otros compañeros de las minas del Bierzo, no puede entender la actitud del canario cuando se trata de negar unas subvenciones que está comprometidas y cuyas partidas están aprobadas. “Nosotros, después de 64 días de huelga, no hablamos de futuro porque no tenemos presente, no sabemos si las minas van a poder pagar a los trabajadores aunque volviésemos mañana al tajo”. Con 37 años, este minero que antes, siendo “guaje” trabajó en la construcción, ve con desolación que su comarca se muere. Critica a aquellos que osan hablar de los privilegios del sector. “Sí, es cierto que se han dado subvenciones, muchos millones con el Plan Miner, pero en qué se han invertido, porque mientras unos hacían rotondas y chorradas, otros estaban dentro de las minas sacando carbón”. Este año, por ejemplo, explica Santi, se han recortado las becas del Plan Miner un 70%, becas de estudios para los hijos de los mineros o para los propios trabajadores. “Si esto ya está firmado ¿por qué no se cumple? ¿Qué nos queda hacer a nosotros, porque lo firmado no puede llevárselo el viento” Y si cierran las minas no sólo se quedan en la calle los trabajadores del carbón, también afecta a las empresas que suministran hierro o madera para hacer los cuadros en las galerías, los electricistas, los fontaneros o las empresas de suministro de gasoil para las máquinas. “Europa ha mandado el dinero y Soria ha decidido desviarlo a otros sectores. Nos han quitado lo que es nuestro”.

De privilegios y riesgos

Como Santi, son muchos los mineros que llegan a enfadarse cuando se les mencionan los privilegios de pertenecer a su sector, por ejemplo las prejubilaciones. “No se puede hablar sin saber. Raro es el minero que gana más de 2.000 euros, y también es raro aquel que no llega a los sesenta destrozado por la silicosis o por problemas derivados de la humedad que hay en el interior de la mina. Pregunta a cualquiera de los que están aquí, a ver si su padre o algún familiar no murió por esta enfermedad, demasiado joven” dicen Santi irritado. Cerca, un grupo de mineros de pie charla animadamente alrededor de un hombre que permanece sentado en una silla de esas que muchas mujeres ahora bajan a la orilla de las playas. Es Manolo, tiene 47 años y una gasa en el interior del muslo izquierdo. Lo primero que llama la atención de su pierna es la cantidad de zonas amoratadas que tiene no provocadas por una caída o un accidente. No. Lo que tapa la gasa es la herida producida por una pelota de goma que los antidisturbios lanzaron para disolver la manifestación de los mineros en Madrid el pasado 11 de julio. “Tiraron a darme, no fue un rebote. Sentí un golpe tremendo y un dolor muy intenso, pero no sabía dónde me habían dado porque de la cintura para abajo era insoportable. Como pude me refugié tras unos setos de la Castellana y empecé a explorarme. Me bajé los pantalones y ví el golpe.” Y sacó una fotografía del pelotazo. En la imagen puede apreciarse la quemadura que le provocó la pelota que reglamentariamente usan los antidisturbios. “Estuve tres días sin poder moverme de la cama porque me dolía muchísimo, es que ni siquiera podía sentarme, y mira cómo está ahora. Yo me pregunto si en vez de darme en el muslo me da en la cabeza qué habría pasado. Me mata seguro”. Después de catorce días del incidente la herida, según dice su médico mejora, pero la imagen es escalofriante, desagradable incluso.

Es uno de los riesgos que corren los mineros que defienden que la movilización es la única esperanza que le queda a un sector herido de muerte. Trabajadores y sindicatos coinciden en que es necesario que el Gobierno se siente a dialogar y que presente propuestas serias para la reconversión de las cuencas mineras y la desaparición de las subvenciones.”Este sector despierta odios y simpatías, pero lo cierto es que los mineros estamos muy unidos, y más cuando oímos en tertulias de televisión y radio tantas críticas de gentes que no saben de nosotros, de nuestro trabajo, de nuestras subvenciones o de un sistema de prejubilaciones que aprobó José María Aznar”. Así habla Guillermo, aunque no quiera reconocerlo es líder sindical de FITAG-UGT y columna vertebral para muchos mineros que no mueven un dedo sin antes consultárselo. Guillermo, que tiene 42 años, es hijo de una cordobesa que llegó de niña al Bierzo, acompañando a sus padres emigrantes, y de un minero leonés. Ha pasado 17 años en un lavadero de carbón y los últimos 6 trabajando en los almacenes y en la carpintería de una de las explotaciones del empresario Victorino Alonso. Ahora es además Presidente del Comité Intercentros de UMINSA lo que supone dedicación casi exclusiva a sus compañeros en estos días. Una vez a la semana CCOO y UGT se reúnen para planificar las movilizaciones de la semana, evitando sábados y domingos para que los mineros puedan pasar tiempo con sus familias. Acciones como las de los retenes o lo que más repercusión mediática tiene: los cortes de carreteras. “En Bembibre tenemos un problema y es que al haber una autovía y una carretera nacional tenemos que separarnos, y para organizarnos bien lo ideal es que el grupo que participe esté unido.” Lo importante en cualquier caso es el factor sorpresa, el minero trata de que el corte dure cuanto más mejor. Para eso son un pequeño ejército bien organizado. Unos compran los voladores (en Zamora, Benavente o en Galicia, para no ser identificados en su zona), petardos a los que cortan la caña para que no salgan en línea recta sino zigzagueando del tubo metálico desde el que se lanzan. Otros cortan vallas para construir esos tubos, hay quien corta árboles con los que preparar barricadas o recoge neumáticos abandonados. Cortan el tráfico plantándose a cuerpo gentil en una autovía en la que los vehículos circulan a alta velocidad. Una vez colocada la barricada uno de los mineros se hace con las llaves de los camiones parados en la vía para evitar que puedan despejarla rápidamente. Horas después el manojo de llaves se deja abandonado en un punto kilométrico del que dan cuenta a la Guardia Civil a través de una llamada telefónica efectuada desde una cabina. No pueden arriesgarse a fallar porque se juegan penas de prisión. “¿Creen que nos gusta hacerlo, y que no somos conscientes del perjuicio que generamos? Lo somos, pero no sabemos ya qué hacer ante un Gobierno que hace oídos sordos. Con este Gobierno pacíficamente nadie llegó a acuerdos. Hemos tenido ya varias reuniones en el Ministerio de Industria totalmente vacías de contenido. Es como estar en un frontón donde la pelota rebota una y mil veces” asegura Guillermo.

Guillermo está convencido de que la lucha minera va a servir de referente a otros colectivos. “Ayer tuve que ir a Madrid y me llamó la atención cómo médicos y enfermeros salen a la calle a cortar nada menos que la Castellana. Y en septiembre además de la manifestación convocada por los sindicatos, los estudiantes regresan a la Universidad, y también se van a levantar. Por eso nos quieren doblegar a los mineros, porque somos un referente histórico de la revuelta social”.

Encerrados en la mina

Cae la noche, se acerca la madrugada y aparecen decenas de hombres listos para pasar la noche a las puertas de la central térmica de Compostilla II. Y a unos kilómetros de allí, cinco mineros permanecen encerrados en el Pozo Santa Cruz. Para llegar a esta explotación minera antes hay que recorrer una carretera autonómica que atraviesa varios pueblos creados al calor de las explotaciones. La lluvia arrecia y los relámpagos dejan descubrir al viajero un valle casi asfixiante, entre altas montañas que no dejan ver otro horizonte. Todo verde, todo frescor, pero un muro de árboles y piedras ante los ojos. La carretera CL-631 obliga a pasar por Toreno y Matarrosa, a un lado y otro del camino van a apareciendo carteles que señalan la entrada de explotaciones mineras.

La mina Santa Cruz, perteneciente también al grupo de empresas de Victorino Alonso, sale de repente en un recodo del camino. Hay que atrevesar un pequeño río que estos días va bajo, pero en el que con paciencia se puede observar el salto de las truchas. El silencio lo inunda todo, la lluvia que arreciaba es ya un suave chispeo.Algo que no aprecian los cinco mineros que llevan ya 16 días encerrados en el interior.

En la bocamina tres hombres hacen guardia. Vigilan con un sistema de cámaras que todo en el interior de la explotación esté correctamente, y no se despegan de un interfono que los mineros encerrados utilizan para comunicarse con el exterior. José Manuel es uno de ellos. Tiene 45 años y apenas se separa de ese interfono. “Tenemos que estar alerta por si les sucede algo. Por si hay que llamar a la enfermera porque alguno se encuentra indispuesto o hay que hacer algún tipo de reparación. El sábado tuvo que entrar el electricista porque se quedaron sin corriente eléctrica”. Este hombre menudo, pero curtido como templero en la mina, reconoce lo complicado que es seguir adelante con el compromiso de sus compañeros, que no ven la luz del sol, que no sabrían si no fuese porque tienen relojes y entran a llevarles desayuno, comida y cena, si es de día o de noche. “Hay que ser muy valiente para estar ahí, hay muchísima humedad, a los dos días ya empiezan a tener problemas respiratorios, mocos y bronquitis. Yo no me metería, fíjate, si colocas madera en las galerías y en dos días ya tiene moho”.

A pesar de la hora,no duda en enseñar cómo funciona el sistema de comunicación con sus cinco compañeros.Todos están despiertos: Eliseo Otero, José Antonio Páez, Luis Ángel Castañedo, Miguel Ángel González y el búlgaro Ivo Mitkov. Cuentan que se encerraron en una antigua galería de la mina para apoyar la lucha de sus compañeros. A tres mil metros montaña adentro pasan el día leyendo, haciendo sudokus, crucigramas y dando paseos por las galerías. Esperan no tener que estar mucho tiempo allí porque eso significaría que los problemas se han solventado, pero no confían en José Manuel Soria. Se quejan sólo de la humedad “se nos mete en los huesos”, dice Miguel, de 43 años.El reloj avanza y es hora de dejarles descansar.

Entrar en la mina

A las siete de la mañana suena mi teléfono. Uno de los mineros que me hace de guía considera que ya es hora de comenzar la ruta por la zona y de gestionar que pueda entrar en el pozo con los encerrados. Se trata de evitar entrar con el grupo de periodistas de diferentes medios que ya tienen comprometida una visita a las doce del mediodía.

A plena luz del día se pueden ver aún los rastros del último enfrentamiento entre los mineros y los GRS en San Román de Bembibre. Una batalla campal que duró diez horas. “Hicimos varias barricadas con palos y neumáticos, en los accesos al pueblo y cortando la autovía y la nacional. Atravesamos nueve camiones. Los antidisturbios no tardaron en llegar, arremetían con los coches patrullas contra las barricadas, incluso una que habíamos hecho con las porterías de hierro del campo de fútbol, cuenta Tomás, picador de 33 años. “Yo iba con otros dos compañeros y acabamos en el río, con el agua por el cuello mientras nos disparaban bolas desde el puente, las oíamos silbar pasando al lado de la cabeza, si nos entallan nos matan”.

En lo alto de un montecito del pueblo, un jubilado ha colocado una bandera de España junto a una plataforma en la que se leen los días que pasó el primer grupo de mineros encerrados en el Pozo Santa Cruz y los días que llevan sus predecesores. De camino a esa mina Tomás intenta localizar a Silvia, la asesora de comunicación de Victorino Alonso, para conseguir permisos para entrar. Es demasiado temprano aún, nadie responde al otro lado de la línea. Mientras pasa el tiempo enfilamos con el coche hasta la mina, un paisaje que con la luz del día cambia notablemente. No parece tan asfixiante el monte, y cerca del carbón apilado un grupo de mariposas llena de color el espacio. En la bocamina encontramos a otros mineros pendientes de los encerrados. Con ellos, Enrique, un ingeniero de la empresa. Suena el teléfono móvil y es Silvia que dice que el ingeniero no accede a permitir que se baje si no es con el resto de periodistas. Toca llevar a la práctica la técnica de empatía se adquiere con varios años en la profesión. Y sí, funciona. Resulta que una sobrina política de Enrique, el ingeniero que tiene que dar el consentimiento, es de Castuera, extremeña, e hija de un hombre al que conozco. Qué pequeño es el mundo. “Pero hay una condición”, algo me decía que la habría. “Tienes que explicar bien lo que están haciendo y además me voy a asegurar de que sepas cómo es ésto”.

Enrique me hace de guía y me acompaña hasta los vestuarios de los mineros, donde me van a dejar un mono, un casco y unas botas reglamentarias para acceder al interior de la mina. Llaman la atención entrar en las instalaciones los cientos de trajes que hay colgados del techo. Son los que usan los mineros, llegan totalmente mojados del interior de las galerías y se cuelgan para que sequen con un sistema de aire caliente colocado entre las hileras de ganchos. Una vez desnudos, los mineros acceden a las duchas y ahí a sus taquillas. Una enorme sala con dos estancias donde no pueden faltar imágenes de mujeres desnudas. Eso es lo que ven estos hombres antes y después de salir de las entrañas de la montaña, los cuerpos esculturales de decenas de jóvenes sonrientes.

Ataviada ya con el uniforme reglamentario, antes de llegar a la bocamina he de hacer otra parada para que Antonio, electricista en la empresa y al que queda sólo un mes para la jubilación, me coloque la lámpara en el casco. Además tengo que firmar un documento en el que se recoge mi entrada y la autorización de UMINSA. Lejos de estar nerviosa o tener miedo estoy ansiosa por saber qué se siente cuando uno comienza a adentrase en la tripa del monte. Algunos mineros me han contado que en sus primeros días salieron corriendo de las vagonetas antes de completar los 30 metros. Yo tengo por delante 3.000 hasta llegar a los encerrados. Será Antonio el que me acompañe manejando la locomotora con la que nos adentraremos por las galerías. Parece pequeña, el habitáculo que compartimos desde luego lo es, pero engaña, pesa nada menos que ocho toneladas que Antonio conduce con maestría. La máquina se pone en marcha y comienza un traquetreo que se clava en la espalda, dejamos atrás la luz natural para, por tramos, ser iluminados por las lámparas que cuelgan del techo de la galería principal.

A medida que avanzamos comienza a notarse el cambio de temperatura, hace frío. Antonio me explica que es por la ventilación de las galerías y las corrientes donde se mezcla con el aire caliente. También la humedad, a izquierda y derecha de la locomotora hay pequeños charcos de agua, próximos a los raíles. “Dentro de la mina chispea” le digo a Antonio, que se ríe por la ocurrencia. Y es que en varios tramos parece que estuviésemos bajo una ducha.

Sólo se oye el traqueteo de la locomotora recorriendo metros, cien, doscientos, trescientos. A mi izquierda hay una plataforma elevada algo más de un metro sobre el suelo. Mi guía me explica que es una cinta transportadora donde los mineros echan el carbón extraído y así sacar el material de la mina. Cada cierto tiempo adivino en la penumbra huecos que salen a ambos lados de la galería. Antonio disminuye la velocidad para contarme: “Son galerías ya cerradas, otras en las que todavía se trabaja, también hemos pasado por delante del polvorín donde se guardan los explosivos”. Le pregunto cuánto tardaremos en llegar hasta donde están los mineros encerrados. “Unos 25 minutos en total”.

Dieciséis días encerrados

Será la novedad, la curiosidad, pero el tiempo se pasa deprisa, cuando quiero darme cuenta Antonio me indica que los mineros están ya a la vista. Ha oído el ruido de la locomotora y están saliendo del cuarto que han habilitado en una galería ya explotada. Junto a ellos están otros dos mineros, uno de ellos de origen portugués que baja cada día a echar un rato y hacer que se sientan menos solos. Miguel, Páez, Jelo, Ivo y José Antonio esperan con curiosidad, nadie les ha avisado desde bocamina de mi visita. Bajo de la locomotora cuando Antonio consigue frenarla y les pido que me enseñen “su casa”. Habitan en el hueco de una antigua galería ya cerrada que sale a mano derecha de la galería que hemos recorrido Antonio y yo. Es un espacio amplio, de unos cincuenta metros cuadrados donde tienen una zona de almacén de comida y utensilios de cocina. Todo perfectamente ordenado y limpio. “Cada día se encarga de la limpieza de ésto uno de nosotros” me explica Miguel, que es barrenista. Él hace de anfitrión mientras el resto del grupo mira casi con recelo. Llevan dieciséis días en la mina y están cansados de hablar con los periodistas que bajan a verles como si fuesen animales en un zoológico. Quizás compartan la impresión de “Fraude” un pájaro que les acompaña en su jaula y que llena de trinos el silencio que a veces se produce. A la izquierda hay una gran mesa con bancos corridos donde cenan, leen, hacen sudokus y crucigramas. Y al fondo, sobre una plataforma, los sacos de dormir. La temperatura es mucho más cálida en esta zona de la mina, pero eso no les ha salvado del resfriado. “Los primeros días estuvimos todos tomando mucolíticos” me cuentan. Ahora Páez, que es ayudante de minero, ha vuelto a recaer. “Pero esto me pasaría igual si estuviese fuera”. La pared de la galería que da acceso al habitáculo en el que hacen vida está llena de dibujos y cartas. Pertenecen al grupo de mineros que estuvieron 54 días encerrados en el pozo antes que ellos. En todos los dibujos se repiten las mismas palabras: “Papá, te quiero”. También hay cartas llegadas de todo el país alentándoles a seguir la lucha, a rebelarse contra el Gobierno, a nos desfallecer. Ánimos para un grupo de cinco hombres que no ven la luz de sol desde hace ya 16 días. Tampoco a sus familias. Hablan con sus mujeres y sus hijos a través de un teléfono que han instalado a unos quinientos metros de la estancia que habitan para tener algo de intimidad. A pesar del esfuerzo no son optimistas con el resultado de su protesta. Creen que el Gobierno está cerrado en banda y que las minas tendrán que cerrar sí o sí. Una experiencia por la que ya ha pasado Ivo. Es búlgaro, trabajó extrayendo plomo y cobre durante 7 años en las minas de su país, pero cerraron y tuvo que salir de allí. Acabó en el Bierzo, donde ahora es barrenista. Tiene claro que es minero y que buscará trabajo donde haga falta.

Me enseñan además el lugar donde lavan los platos y donde se duchan. Todo muy artesanal. La ducha es un bidón de plástico que pende del techo de la galería conoctado mediante un tubo a una alcachofa de ducha. Cada día les bajan agua caliente con la locomotora para que puedan asearse como si estuviesen en casa. Al lado hay un fregadero al que le suministra el agua la tubería que entra en la mina. “No vayas más allá” me avisan. Pregunto si es peligroso y estallan en carcajadas. “Un poco sí, bueno, puedes ir, pero lleva una mascarilla. Ahí al fondo es donde hacemos nuestras necesidades, el retrete vamos”. Después de un rato de charla decido dejarles. En un rato tienen que atender a un grupo de periodistas, entre ellos de la BBC. Antonio y yo montamos en la locomotora deseándoles mucha suerte y ánimo para aguantar en esas condiciones. Antes de poner en marcha el motor, Páez me dice “a ver si los periodistas contáis la verdad, que nos enteramos de lo que dicen en las tertulias sobre las prejubilaciones, los sueldos y las subvenciones y son todo mentiras”. Mi conductor decide marchar y vuelve el frío y la oscuridad de la galería. Atrás dejamos a estos cinco hombres que para sus vecinos son héroes.

Vuelve el traqueteo de la máquina, la humedad, y comienzo a charlar con Antonio, le cuento mis impresiones, y me habla de su desesperanza. No confía en que el Gobierno de marcha atrás. Y no dejo de pensar en que a él sólo le queda un mes de trabajo para la jubilación. La charla es animada, tanto, que llegamos a la bocamina sin apenas darnos cuenta. Allí me espera Tomás que ansioso me pregunta cómo me fue dentro. Tiene una sonrisa en los labios y me dice con orgullo “eres dura extremeña, hay compañeros que en su primer día no son capaces de pasar ni la mitad de tiempo que tú ahí dentro”. Ya, pero es que yo no tengo que jugarme la vida todos los días. Me despido de los mineros, de Enrique el ingeniero, y me queda sólo una cosa por hacer. Tocar el carbón del Bierzo.

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¿Miedo? Todos los días me meto en un agujero a 1.300 metros bajo tierra

Tomás no se llama Tomás, pero será así como le llamemos para guardar su anonimato en una época en la que los mineros que salen a la calle cada día a protestar pueden acabar en prisión acusados de terrorismo. Reivindica, como otros, su puesto de trabajo. No esos privilegios de los que otros hablan. “Ninguno de los que habla de los mineros tiene ni idea de cómo trabajamos, no han leído la letra pequeña del contrato. De privilegios, nada. Nosotros no somos funcionarios a los que nos bajan el sueldo, no nos reducen la paga, nos echan a la puta calle”. Casco minero marcha negraPorque por mucho que el ministro José Manuel Soria anuncie un nuevo Plan del Carbón el año 2012 ya está perdido. “Muchos que trabajan en las subcontratas van a ser despedidos. El futuro pinta muy mal, yo llevo 17 años en la mina, y estoy relativamente tranquilo, pero hay chavales que llevan 3 ó 4 años, en subcontratas con condiciones precarias, que se quedan sin nada”.

Pero, ¿y las subvenciones, qué ha pasado con todo el dinero destinado a la reconversión de las cuencas mineras? Tomás se echa a reír. “El dinero de las subvenciones…No hay nada. Ni con el PP ni con el PSOE. No han hecho nada, bueno sí, una rotonda allí, un centro de investigación allá. Aquí se ha invertido mucho dinero mientras nosotros picábamos carbón metidos en un agujero cuatro hijos de puta se han repartido lo nuestro. La culpa es de los políticos, y de los sindicatos, que nos han tomado el pelo”.


Acabó la Marcha Negra

Tomás, de 33 años, picador en UMINSA, en la cuenca minera leonesa, tiene dos hijos de los que se separó para hacer la Marcha Negra. Confiesa que se apuntó a esta marcha simbólica por no perderse la experiencia que otros compañeros, ya prejubilados, habían vivido diez años antes. “La Marcha Negra se organizó aprisa y corriendo. Empezaron cinco mineros de Matarrosa, les amenazaron con despidos y entonces entraron los sindicatos. Al final, nos guste o no, los sindicatos son los que pueden organizar algo así de grande, tantos hombres en la carretera, las etapas, los sitios donde dormir, la comida”. Sindicatos como UGT y CCOO que apoyaron y participaron en esa marcha en la que se vieron dos camisetas, una negra y otra verde. “La verdad es que hubiésemos preferido llevar una sola con los logotipos de los dos sindicatos, no se pusieron de acuerdo, pero sin ellos no habríamos podido salir”.

La Marcha Negra ha sido toda una experiencia vital para Tomás, asombrado aún por el recibimiento y el calor de tantos vecinos que salían al paso de este grupo de hombres cada vez que llegaban a alguna localidad. Tuvo sus reservas al llegar a Aravaca. “Nos dijeron que Aravaca era un pueblo de derechas, que el Ayuntamiento no quería saber nada de nosotros y pensé que el recibimiento iba a ser diferente, pero no. Nos recibieron con besos y abrazos”. Aunque, sin duda, el día más especial fue el martes, la noche del diez de julio. Ni siquiera los sindicatos esperaban eso, fue increíble, impresionante, tenía la piel erizada de ver tanta gente, gente que no sabe nada de la mina, pero que estaba allí apoyándonos. Pensábamos que iba a reventar, lloré como una magdalena”.

Esa noche cientos de mineros de Asturias, León y Aragón recorrieron las calles de Madrid, entraron en la capital rodeados de miles de madrileños y con los bomberos de la Comunidad abriéndoles paso, en una etapa que duró una eternidad por tantas personas como se juntaron en las calles para recibirles. marcha negra mineros bandera repúblicaLlegaron a Sol una hora más tarde de la prevista arropados por jóvenes y mayores, niños y ancianos. “Hubo un señor con la bandera republicana, llevaba una boina negra, que se abrazó a mí y me dijo que no nos rindiésemos, que no dejásemos que nos echasen palas de carbón encima porque si nos parábamos los mineros se vendrían abajo las reclamaciones del resto de la sociedad”.

El miércoles fue distinto para los mineros. El grupo se dividió en tres. Encabezaba la manifestación que salía desde Colón un grupo de mineros llegados de Andalucía y Castilla la Mancha que se unieron a los que habían hecho la Marcha Negra. Tras ellos, políticos y sindicalistas, y al final vecinos de las cuencas mineras y madrileños que se sumaron a la reivinidicación en la misma mañana en la que Mariano Rajoy anunciaba en el Congreso de los Diputados los recortes más duros de la democracia: subida del IVA, eliminación de paga extra de Navidad a funcionarios, reducción de partidas a partidos políticos y sindicatos, reducción de la prestación de desempleo a parados desde el sexto mes, etc. “Nos habían dicho que iban a infiltrar a policías y guardias civiles para reventar la marcha y manchar la imagen de los mineros, y así fue, varios chavales se volvieron a casa calientes. Pero algo les salió mal, gracias a las redes sociales se han visto vídeos de cómo la Policía perdió los nervios, se ha visto qué pasó, sus formas, cómo nos aporrearon y cómo disparaban pelotas de goma incluso desde las lecheras”.

El miércoles, 11 de julio, en autobuses, junto a sus vecinos, a sus hijos y sus mujeres, los mineros de la Marcha Negra regresaron a casa sin que Rajoy o Soria dijesen nada sobre ellos en el Congreso de los Diputados.


¿Y ahora qué?

Se cumplen ya dos meses de una huelga indefinida del sector del carbón que parece no acabará pronto, al menos si el Gobierno no rectifica y parece que esta situación no llegará a producirse. Ni siquiera José Manuel Soria, ministro de Industria, se atreve a comparecer en las Cámaras. Hoy ha sido Arias Cañete quien ha respondido a preguntas del PSOE y del Grupo Mixto en el Senado sobre la minería tachando poco menos que de insolidarios a los mineros por no aceptar los recortes que otros sectores están enfrentando. “Con estas medidas no nos recortan la paga, nos cierran las minas, nos echan a la calle” dice Tomás, “y no vamos a quedarnos sentados, al menos yo no”.

Tomás no puede ocultar su enfado con otros compañeros que trabajan en las minas, les acusa de pasividad, de quedarse en casa. “No es normal que tengan que ir a la lucha los prejubilados, que vayan a defender a esos que están en el sofá tocándose los huevos y que lo único que dicen es que no hay arreglo y que el Gobierno nos quiere hundir. Y vaya si nos hunden, pero no sólo a los mineros, también van a arrastrar a otros sectores”. Cada día, bien temprano, un grupo de 150 mineros se reúnen en asambleas en el Bierzo “en la zona del Carrefour Viejo de Ponferrada o en la sede de CCOO en Bembibre” explica Tomás. “Los sindicatos quieren sacarnos de la carretera, pero en el Bierzo eso no va a pasar porque tenemos otra sangre”

Quedarse en casa no es una opción para Tomás. “No, yo no quiero cantar ni silbar a las puertas de Diputación o del Congreso. Hay que seguir dando leña.” Con dar leña se refiere a continuar cortando carreteras, montando barricadas, quemando contenedores y neumáticos, acciones por las que en algunos medios de comunicación se les tacha de violentos. “Yo pido perdón a aquellos que se quejan de que nos cargamos el mobiliario urbano, lo que es de todos, y no puedo rechistar, porque tienen razón. Pero es que no tenemos otra forma de reivindicar”. En las asambleas diarias deciden qué van a hacer. Hoy, confiesa Tomás, van a dar mucha guerra. “Lo leerás en los digitales o mañana en los periódicos” asegura al mismo tiempo que afirma que los mineros en lucha no quieren hacer daño ni perjudicar a nadie.

Seguirán cortando carreteras como en Ciñera. En el Bierzo será la A6. Por las noches cortan árboles y reúnen neumáticos que dejan escondidos cerca de los lugares donde van a montar las barricadas para detener el tránsito de turismos y camiones. “Hay un grupo de gente que vigila el material y que controla varios kilómetros para avisarnos de cuándo van llegando los GRS (grupo de élite de la Guardia Civil de Reserva y Seguridad). Cortamos, prendemos fuego y nos separamos para esperarlos, el objetivo es que la carretera esté cortada el mayor tiempo posible”. Si les detienen se enfrentan a multas de 2.000 euros, pueden acusarles de causar desórdenes e incluso, si van con el rostro tapado, de terrorismo y acabar en prisión. Como los mineros asturianos que esta misma semana han sido condenados a nueve meses de prisión por colocar unas barricadas en la carretera N630 durante la huelga general de 2010.

¿No temes que pueda pasarte algo, que te detengan? Tomás se ríe. “¿Miedo? Si tuviese miedo no bajaría al pozo. Todos los días bajo a 1.300 metros bajo tierra, no puedo pensar en tener miedo”. Los riesgos de enfrentarse a los GRS son muchos, no sólo por las consecuencias de las detenciones, sino por la posibilidad de ser alcanzado por una de las pelotas de goma que lanzan. Los mineros intentan contrarrestar a los agentes con voladores, cohetes como los que se lanzan en las fiestas, y rodamientos, canicas de acero, que disparan con armas caseras. “¿Que podemos matar a alguien? Desde luego sería una posibilidad, como que muriese alguno de nosotros, pero desde luego no es nuestra intención ni remotamente. Nosotros nos la jugamos porque esas pelotas que lanzan, además de los gases lacrimógenos, pesan 80 gramos por lo menos y salen disparadas a 700 kms/h, en el 2006 a un compañero de mi mina le reventaron un ojo. También nos la jugamos cuando paramos camiones, porque cualquier día uno no frena y nos pasa por encima”.

“La lucha se acabará cuando Rajoy y Soria quieran”

Tomás explica sereno que la idea de jugársela en la carretera, enfrentándose con los cuerpos de élite de la Guardia Civil, no le gusta lo más mínimo, y que está deseando que todo acabe. “Yo quiero trabajar y que ésto termine lo antes posible. Quiero bajar a la mina y cobrar mi sueldo.” Sin embargo, no parece que la actitud del Gobierno vaya a cambiar. Qué pasará entonces porque ya son dos meses de huelga, dos meses sin que se ingrese un euro en las casas de muchas familias. “Hay bancos de alimentos ya preparados,- cuenta Tomás- Algunos Ayuntamientos, bares, restaurantes, comercios, e incluso particulares de Madrid y de las comarcas mineras está mandando comida y dinero para cuando las familias lo necesiten. Se trata de no rendirse. Ésto sólo terminará cuando Rajoy y Soria quieran”.

“Ojalá les demos pena”

“Aunque sea eso, pena” dice Vanessa, tiene 27 años y está embarazada de su tercer hijo. Con una barriga de siete meses decidió ayer coger su Vito y un colchón e ir a acompañar a su chico en la Marcha Negra. Ha dejado con los abuelos, ya jubilados, a Israel y Naia, de siete y cuatro añitos, para apoyar a Óscar. “Vine a verles el lunes, cuando acabó la reunión en la que les contaron que el Gobierno de Rajoy no afloja estaban muy desanimados. Y como yo llevaba mal eso de que estuviese él fuera decidí venir”

Vanessa es autónoma, se dedica a la hostelería, y con el nuevo embarazo se ha tomado una baja por la que recibe algo menos de 500 euros. Lo justo para pagar la hipoteca. Ahora que Óscar está en huelga sus ingresos disminuyen, aunque miran con esperanza al futuro confiando en que la situación se reconduzca. “Tenemos mucha ayuda de los abuelos, que con sus 800 euros de la jubilación agraria que cobra mi padre, nos echan una mano si la necesitamos. Además vivimos en una casa preciosa que Óscar y su padre reconstruyeron en Brugo de Fenar. Somos pocos vecinos, no más de 100, y todos dependemos de la minería”.  Cuando nazca la nena que lleva en su vientre intentará seguir en el pueblo porque no quieren que anden de un sitio a otro siendo sus hijos tan pequeños. Además cuentan con amparo, tienen ropa para la futura integrante de la familia, y cosas de los hermanos. “Hasta el año y medio tomará teta, que eso es lo más caro, la comida. Bueno, y los pañales.  Si hay que pedir que nos ayuden, lo haremos porque lo primero son ellos.”

“Se llamará Ianire”

Cada noche dormirá con Óscar en la furgoneta, en la puerta del pabellón donde descansan los mineros. A su lado. Por la mañana, en cuanto comience una nueva etapa, el ayudante de minero se unirá a sus compañeros en la marcha. Y precisamente en una esas jornadas de asfalto y sol ha decidido cómo se va a llamar su hija. “Ianire, se lo ha inventado él, lo pensó por el camino y lo escribió en el casco, así es que ya se va a quedar con ese nombre” (Aunque sea precisamente Óscar Valle el único que en esta imagen no lo lleva puesto).

“La marcha -dice Vanessa- tiene mucho mérito, como lo tienen los encerrados en los pozos. Pero veo que les da igual. Yo sólo espero que entre todos seamos capaces de hacer algo. Yo creo que sí, que tardará, pero se arreglará”. Y así intenta explicárselo a los peques, que aunque no entienden demasiado de lo que está sucediendo ya saben que su padre baja a la mina para que ellos tengan una buena vida. “El niño cree que alguien que manda quiere cerrar las minas, va a las manifestaciones acompañándome y se sabe todas los gritos y las canciones”.

Desde la impotencia Vanessa se pregunta qué creen los españoles sobre lo que pasa en las cuencas, si saben el riesgo que corren sus hombres cuando bajan a los pozos del carbón. “Ellos tienen que entrar en las minas, que no es fácil, es un agujero. Sólo piden trabajo, ningún regalo”.  Aunque es consciente de la solidaridad que despierta el colectivo, “una leyenda, un mito porque ellos han conseguido derechos para todos los trabajadores” y eso se nota cuando a Óscar al paso por los pueblos le salen las mujeres mayores a ofrecer sus casas, hacerle la comida, lavar su ropa. Una de esas mujeres consiguió que Vanessa llorase. “La esperanza, con estos hombres de tanto coraje, no se puede perder”. De momento lo único cierto en su futuro próximo es que celebrarán juntos el trigésimoquinto cumpleaños de Óscar en plena Marcha Negra.

“No hago nada del otro mundo”

“Santi, Santi, eres muy grande” gritan los mineros que hacen la Marcha Negra cada vez que se cruzan en el camino a este hombre de sonrisa permanente. Es minero también, como ellos, pero su forma física le impide caminar a su lado. “Yo soy realista, con mi cuerpo no aguanto el ritmo, físicamente no puedo hacerlo. Los que están aquí son elegidos entre los que tienen mejor forma. Hay etapas muy largas, muy duras, con mucho calor y no puedes llevar a más gente en las ambulancias de Cruz Roja que a pie.”

Santi tiene 44 años y trabaja en HUNOSA, la única mina estatal, es de Morena de Aller, de la cuenca minera del Caudal en Asturias. Sabe bien qué riesgos corren los que hoy hacen la Marcha Negra cada vez que bajan a la mina porque él empezó así hace 22 años. Ahora es administrativo. “Entré como minero, pero con esfuerzo, estudiando en los ratos libres, de noche y por promoción interna, superé las oposiciones y conseguí plaza”. Santi no está de vacaciones o acompañando por capricho a los mineros, “también estoy en huelga, sin cobrar ni un euro”.

 

Más de 4.000 kilómetros

 

Pero si Santi no camina con los mineros ¿qué hace? “Lo mío es sencillo. Cojo mi moto y mi pancarta y me coloco en sitios donde no hay nadie. Lugares estratégicos porque los campos castellanos son eternos, no hay nadie a su paso, y hay que romper la monotonía para darles ánimos. En los pueblos siempre hay gente aplaudiendo, besándoles, abrazándoles, pero en la carretera sólo cuentan conmigo”. Y así, en dos semanas Santi Fernández ha recorrido con su moto más de 4.000 kilómetros porque a pesar de no tener mujer e hijos regresa cada noche a dormir a su casa. “Cuando comenzó la Marcha Negra yo salía todos los días de mi casa en Oviedo temprano y regresaba con la moto, es una Honda Varadero de 1000 cc. Pero en Benavente me di cuenta de que ya eran muchos kilómetros de distancia. Así es que les pedí a mis padres las llaves de una casita que tienen en León y estos días estoy saliendo de madrugada desde allí. Hay 250 kms.”

Su propósito es llegar a Madrid con los mineros si la salud y la moto no le fallan. “Aunque ya tengo que empezar a pagar hoteles, porque hoy por ejemplo ya no me merece la pena volver a León, son muchos kilómetros y lo que me ahorro en alojamiento me lo gasto en combustible”. Y combustible precisamente es lo que este motero/minero asturiano da a sus compañeros cada día. “Qué otra cosa puedo hacer por ellos, no hago nada del otro mundo, sólo les animo”.

(Si queréis escribir a Santi, aunque estos días no tiene acceso al mail, su correo es santi.fguardado@gmail.com )

“La marcha hace ruido, pero desgasta mucho”

Y de eso se trata, de hacer ruido para que sepamos que los mineros están en lucha por un Gobierno que no cumple con su palabra. Sí, las minas han de dejar de recibir subvenciones y ayudas, pero hay un plazo marcado: finales de 2018, fecha tope para agotar la paciencia de la Unión Europea. “Si el Gobierno retira las ayudas a la explotación todas las minas se van a tomar por culo, excepto la asturiana, que es estatal, que son funcionarios” dice Sergio, un minero de 35 años que lleva ya 14 días pateando las carreteras del norte con la Marcha Negra. Una columna de hombres y muy pocas mujeres que avanza hacia Madrid para exigir que el Gobierno cumpla con sus compromisos: reducir las subvenciones, las ayudas a la explotación de las minas poco a poco, año a año. Y no como Mariano Rajoy, con el canario Jose Manuel Soria como brazo ejecutor, pretenden hacer: acelerar la muerte del enfermo recortando un 63% este año. Algo que obligará a las empresas a cerrar.

El Ejecutivo se salta el Plan del Carbón que firmó el Gobierno de Zapatero tras una pequeña revuelta a finales de 2005, y que suponía para este año una inversión de 703 millones de euros en las cuencas mineras. El golpe, ese 63% menos, deja al sector con sólo 253 millones.

Mientras, mineros como Sergio se preguntan por qué este recorte tan drástico. “No entiendo por qué, si el carbón se va a seguir consumiendo, las centrales térmicas van a seguir funcionando, ¿qué pretende el Gobierno, comprar el carbón a Alemania?” La alternativa en las cuencas mineras es la emigración. “Yo tendría que irme a Madrid si Santa Lucía se cierra. A Madrid o donde salga trabajo, porque León es una ciudad muy bonita, y donde se vive bien, pero porque muchos dependen directa o indirectamente del carbón. Ésto -dice una vez más- se va a tomar por culo”

Desde 1991 el sector del carbón ha ido perdiendo fuerza en nuestro país. Por entonces, según “La Nueva España”, cotizaron en el régimen especial de la minería un total de 45.212 personas. En poco más de 20 años ya sólo trabajan en las minas alrededor de 8.000. Familias de las que dependen 30.000 empleos indirectos. Hagan un cálculo, una media por familia, y podríamos hablar de un sector que da de comer a 200.000 personas. Fácil, podrían cambiar, hacer otra cosa: “No, la agricultura aquí no es la alternativa, sólo nos queda marcharnos”, reconoce Sergio. Y es que el carbón es en las cuencas el monocultivo que fija a la población rural. Lo que en Extremadura son los frutales para la zona de regadío.

La lucha minera

No hay más remedio que hacer ruido porque los mineros se juegan mucho en esta batalla, pero nos la jugamos todos. Que se pisen sus derechos adquiridos a lo largo de muchos años de lucha significa que al resto, sectores menos beligerantes, nos aplastarán como cucarachas. “Nuestra guerra no es contra la Guardia Civil o la Policía -reconoce Sergio-. Cortamos las carreteras para que venga la prensa, pero su actitud. ¿Tú crees que es normal que entren a patadas a una casa?”

Está sucediendo en localidades como Ciñera de Gordón, un pequeño pueblo de León por donde cruza la N630, “está muy cerca del Puerto de Pajares y tiene mucho tránsito, por eso cortamos las vías, para reivindicar, para hacer ruido. Los vecinos del pueblo nos abren sus puertas cuando llegan los GRS, nos dan de comer, nos dan cama si hace falta, y no preguntan. Muchos de nosotros hacemos la marcha, pero si no, estaríamos haciendo lo mismo que los que se quedaron. Y a esos les va a caer una buena, porque les acusan de cualquier cosa: ¡de pertenencia a banda armada! Por eso cuando llegamos a los pueblos gritamos que no somos terroristas. Les tiramos petardos, que no hacen daño. No matan, y ellos nos responden con gases lacrimógenos y pelotas de goma que sí pueden matarte”. ¿Está justificada la violencia? “No, yo no soy partícipe. Nosotros cortamos las carreteras, y nos responden a pelotazos, algunos agentes usan porras de hierro extensibles, que no son reglamentarias. Va a haber alguna desgracia, o en nuestro lado o en el suyo. Pero como haya un muerto entre los nuestros se va a liar muy gorda”

¿Una marcha milagro?

Lo primero que cuenta Sergio cuando se le pregunta por la marcha es que él es incapaz de entender qué está pasando con su cuerpo. “Yo estoy operado de varices, me costaba estar de pie mucho tiempo, no aguantaba, y fíjate ahora. Llevo ya más de 360 kilómetros desde que salimos de Villablino. La marcha sólo hace ruido, pero desgasta mucho. No sólo físicamente, es que aquí hay hombres casados que no ven a sus mujeres ni a sus hijos desde hace dos semanas”. Él echa de menos a su chica, Nuria, una mostoleña, que, mientras Sergio hace la marcha negra, da clases y cursos intensivos de danza del vientre y pilates. También cuida de sus tres gatos. Nuria además es naturópata y “me recomienda qué tengo que comer, qué pastillas tomar, o qué ejercicios hacer para que no se me carguen los músculos”

Sergio nació en año de buena cosecha, un 5 de abril de 1977. Hijo de un programador informático en la mina Santa Lucía, se crió en La Robla hasta que, con 12 años, sus padres decidieron trasladarse a León. Reconoce entre risas que fue un mal estudiante, más interesado durante la adolescencia en conseguir dinero para salir y comprar un coche que en los libros. Perdió el tiempo durante algunos años en trabajos mal pagados y en intentar estudiar informática para “heredar” el puesto de su padre, pero fue inútil, “no pude estudiar y acabé en la mina por zoquete, porque mis padres, sobre todo mi madre, no querían que pisara la mina. Ellos saben lo duro que es este trabajo”.

Con 22 años se metió por primera vez en la jaula, pero antes tuvo que estudiar unos meses, pasar exámenes teóricos, físicos, y psicológicos. Ahora se dedica a entibar. O lo que es lo mismo, a apuntalar las zonas que corren el riesgo de hundirse. Un trabajo arriesgado en una mina como la de Santa Lucía, no por el grisú, ese gas del que todos hemos oído hablar alguna vez y que asociamos a la imagen del minero con un canario enjaulado. “Lo peligroso es el lodo”. ¿El lodo? “Sí, porque se filtra, y si en una sección, que tiene un espacio muy reducido, revienta una bolsa de lodo te ahogas en cuestión de minutos”. Lo sabe porque en los años que lleva en la mina ha perdido a varios compañeros por culpa del dichoso lodo.

No es el de minero un oficio sencillo. Constatemente te estás jugando la vida, pero además no es cómodo. “Yo tengo colesterol alto porque como a base de bocadillos. ¿O es que la gente se piensa que salimos a echar el pitillo, a mear o calentar la comida? No. En el pozo no hay microondas, el baño es una roca, y ahí hacemos 7 horas”. Aún así hay quien cree que el minero es un prejubilado aventajado y con privilegios, el rico de la clase obrera. “La gente está muy confundida -dice Sergio- hay quien gana 1.100 euros y y picadores que llegan a los 3000 euros mensuales. Pero dependiendo de qué empresa, porque algunas pagan 600 o 700 euros menos por el mismo oficio”.

Esta Marcha Negra, que salió el día 22 de junio desde diferentes puntos mineros, le está cambiando. Primero porque consigue hacer kilómetros a diario sin que sus piernas se resientan más que las de cualquier otro, a pesar de sus problemas de circulación sanguínea. Y segundo, por la gente que sale a su paso cuando atraviesan los pueblos. “Hacemos kilómetros de más sólo para pasar a posta por esas localidades, para que nos vean. Y no imaginas qué sensación. No es que yo sea un tío duro, pero es que ahora lloro todos los días, a cada etapa. No me lo creo ni yo. El apoyo de la gente, su calor.”

Hombres y mujeres de todas las edades que van a aplaudiendo y animando con palabras de aliento a los mineros en cada estación. “Tengo grabadas las palabras de una mujer con una niña en brazos que me gritaba entre la emoción y la rabia: vosotros tenéis cojones, los únicos en este país. Vosotros sois los que vais a demostrar que podéis”

(Sergio cuenta cada etapa de la marcha en Twitter, le podéis seguir en @tuamigor1 )