Cuestión de tamaño

La política en España continúa siendo cosa de hombres. A excepción de unas pocas damas de hierro que gobiernan con mano dura y sin dobleces comunidades autónomas o ciudades con déficits disparados. Esta semana que termina hemos tenido otro ejemplo de que para ser un buen líder no hay que llorar, como lo hizo Boabdil al entregar Granada a los cristianos. Y mucho menos lamentar en una emisora de radio nacional que uno no tiene el número de teléfono móvil del Presidente del Gobierno. Porque si lo anecdótico continúa siendo lo principal, los argumentos, las denuncias, en definitiva, lo importante (presupuestos, Bankia, educación o sanidad), acaba pasando desapercibido.

Parece que para ser un buen líder en este país hay que tenerla bien larga, la lengua. O, en su defecto, bien gordos, los argumentos. Y desde luego no desperdiciar ni una sola oportunidad para demostrarlo. Cuando los extremeños comenzamos a acostumbrarnos a que no nos reconociesen en Madrid por algunos comentarios más o menos desafortunados de Rodríguez Ibarra, apareció Trías y con él se desató la cólera Monago. No sé qué tiene el político catalán, que siempre acaba acordándose de las dos regiones -Extremadura y Andalucía- que más mano de obra barata le ha proporcionado a lo largo de las últimas décadas. El caso es que con argumentos más que razonados sobre el paso, ya muy tardío, del AVE por Extremadura, se encontró con una salida de tono que colocó de nuevo a nuestra comunidad en el mapa. “Más vale una colorá, que ciento amarilla” decía en Twitter Juan Parejo, Coordinador General de Presidencia de la Junta, perdón, Gobierno, de Extremadura. Ante la metedura de pata y con buena parte de la prensa nacional con la boca abierta por semejante despropósito, la maquinaria se pone en marcha y el discurso victimista se convierte una vez más en el centro de atención. Nadie discute sobre la necesidad de una extraordinaria inversión en el mantenimiento de las conexiones ferroviarias extremeñas, de la reducción de la frecuencia de los trenes, de la supresión de algunas rutas, o de la calidad de las vías y de la maquinaria que traslada de un punto a otro, no a ganado, sino a personas. Nadie habla de un AVE que probablemente contase con tanto éxito por sus precios como el que unía Toledo con Cuenca, con una media de 16 pasajeros diarios. Lo importante es que, una vez más, nos sentimos insultados. Víctimas de nuestros complejos, nuestros políticos acaban mostrando esa imagen que en otras comunidades se tiene de nosotros: paletos, catetos, la peor acepción de la palabra pueblerino.

Políticos que cuentan con la labor fundamental del periodista, que se encarga, hoy más que nunca, de difundir “su palabra”. Críticas a mansalva le han caído a Alfredo Pérez Rubalcaba esta semana en las redes sociales porque Carles Francino ponía todo el acento sobre un hecho trivial en una entrevista en la que probablemente muchos ciudadanos querían saber qué excusa iba a poner el líder de los socialistas para defender el papelón de Miguel Ángel Fernández Ordóñez (MAFO para los amigos) al frente del Banco de España, en su tarea de supervisar la actividad de bancos y cajas españolas. Lo importante no han sido las críticas a los recortes que Mariano Rajoy negó en campaña electoral y aplica ya como Presidente, sino el hecho, tan asombroso para el periodista catalán, de que Pérez Rubalcaba no tengo el móvil del gallego.

Ponemos la lupa y el acento en lo superficial de modo que la mayor parte de la ciudadanía no se hace preguntas, no cuestiona. Adormecidos o asustados por una crisis, demasiado larga ya, que continúa cobrándose víctimas. Periodistas y políticos unidos, de compadreo, en una élite que aúpa a los mediocres, probablemente para intentar limitar su capacitad de causar daños. Una falsa esfera de poder que satisface momentáneamente, como una dosis de soma, a quienes se erigen de defensores del interés general, sin escuchar ya el miedo de un pueblo que no se siente especial y que, por esa misma razón, no sale a la calle a mostrar su indignación. Quién sabe si ese miedo se transformará pronto en hartazgo y entonces esta gran masa de hombres y mujeres, que en muchos casos se sintió cómoda por afinidad, se levante contra esta pequeña élite de falsos ilustrados que nos representa. Podríamos ganar. Al fin y al cabo es sólo cuestión de tamaño.