Metamorfosis

Qué delirante es descubrir que el terror más auténtico no está allá fuera, sino de muros adentro, y qué liberador reconocerlo, asimilarlo y convertir la experiencia de narrarlo en una especie de terapia liberadora.

Tara Westover cuenta a su familia en “Una educación” y al mismo tiempo su constante desconcierto. Su historia es la de una niña que crece en el seno de una familia mormona, a la sombra de un padre absolutamente radicalizado, con serios problemas de salud mental y una madre dócil y sumisa, con seis hermanos que sobreviven como pueden a la violencia y la hostilidad que el padre despliega a sus pies. Todo condimentado con las creencias y los mandatos religiosos más delirantes que una pueda imaginar.

Qué difíciles son algunos de los capítulos de estas memorias, cuánto cuesta transitar por el desconcierto de Westover, por esa necesidad casi desesperada de pertenencia, por respetar los apegos naturales al tiempo que va descubriendo la fractura que se produce entre la persona que era y la que comienza a ser. Una metamorfosis que va produciéndose a pesar del sentimiento de traición que la ahoga. Una transformación que parte de la posibilidad de conseguir una educación.

Aprender a querer de nuevo

Apabulla la crudeza de las primeras páginas de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”. La agresividad y el odio son tan extremos que desconciertan; planean por encima del relato, se posan en él, lo poseen y perturban al lector.

La rabia, los resentimientos, las incomprensiones se adueñan de los protagonistas y el silencio se impone como campo de batalla. Hasta que la muerte se convierte en el motor de cambio y se imponen el amor y el perdón. El dolor, la locura y la ira se transforman y la alegría, o al menos unas gotitas de comprensión y felicidad, comienza a encontrar su hueco. Y después de la muerte la nostalgia, el reconocimiento.

La brutalidad de esta novela es prodigiosa, intensa, y las emociones que genera absolutamente impactantes.

Las madres otra vez, o no

Al leer la sinopsis de “Las madres no” creí que tenía antes mis manos una novela y, puede que lo sea, pero se me parece más a un ensayo sobre la maternidad. 

No es un libro más para desmontar el mito de la mujer sólo completa con un hijo el vientre.  Agirre va mucho más allá de la moda de las malas madres y analiza las bases sobre las que se sustenta ese anhelo. Habla de la culpa, del miedo y del aburrimiento, de amor, claro, pero también del cansancio que acarrea la entrega. Leyendo el arranque del capítulo 5 paré para anotar lo que me sugerían las palabras de la autora para morirme de risa por la coincidencia con el párrafo siguiente, ¿me leyó la mente o me llevó en volandas esta cabrona?: “Si tan bello, deseable y revolucionario fuera, ya se habrían ocupado los hombres de quedarse con la tarea mandando a las mujeres a trabajar fuera; sobre eso no debería haber dudas”.

“Las madres no” es más que una historia y un ensayo, es además un estudio antropológico y legal, que despierta más dudas que preguntas responde. Una obra inteligente, curiosa y, como dice la propia contraportada, perturbadora. 

Esfuerzos inútiles

La recompensa del esfuerzo es una patraña, la rueda de la jaula del hámster que se inventaron los ricos para tener distraídos y bajo control a los pobres.

El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, lo sabe bien. Ha hablado del timo de la meritocracia, de esa gran mentira de los liberales, de la derecha. El 90% de las personas que nacen pobres, mueren pobres no importa cuánto sea el esfuerzo que hagan. El 90% de los que nacen ricos, mueren ricos sin necesidad de mover un dedo.

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De ese desequilibrio, de la desigualdad, habla “Sus hijos después de ellos”. Un valle francés, en los noventa, como retrato de esa rabia que se enquista cuando no importa cuanto hagas, porque todo va a seguir igual para ti. Una novela sobre la comprensión del panorama en su conjunto, donde quienes tienen capacidad de decisión son aquellos que han sido filtrados desde la escuela, los hijos de los ricos, los mejores ejemplares, los más capacitados para reforzar el status quo. El mérito siempre de la mano de las leyes del nacimiento.


El mérito y su mentira asfixian a Anthony y Hacine. Francés, hijo de franceses. Francés, hijo de marroquíes. Muriendo a fuego lento, consumiéndose en pequeñas servidumbres. Temporalidad, aislamiento, individuo. La colectividad ha muerto, la masa ha desaparecido. La esperanza no existe.


Racismo, desempleo, precariedad, alcoholismo y fútbol, la distracción colectiva para olvidar el drama cotidiano, el miedo al mañana. Esa terrible lucha por separarse de la frontera que divide a la gente humilde de los pobres de solemnidad. “Sus hijos después de ellos” habla de los márgenes, los desarraigos, los despechos de esos inmigrantes a los que sólo se mira como sucesos en las páginas de los periódicos. Apátridas a los que nadie reconoce más allá de la etiqueta de inmigrantes, mal pagados, desarraigados, cansados de hacerse cargo de las peores faenas sin el menor reconocimiento. La rabia.

Gente aparentemente normal

Pocas veces me siento identificada con los protagonistas de las novelas. Puede que, en ocasiones, encuentre destellos, reflexiones que me conmueven, me hacen reflexionar, cambiar de opinión, cuestionarme; algunas veces puedo meterme en la piel del personaje, sentirlo, sufrirlo, disfrutarlo.

Rara vez me desconecto de ellos y eso es lo que me ha pasado con Connell y Marianne, los protagonistas de “Gente normal”, dos adolescentes a los que vamos viendo crecer y relacionarse desde el instituto a la universidad. Dos seres complejos, marcados por los prejuicios de clase y sus pequeños grandes traumas que se atraen como imanes.

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“Gente normal” es un libro de diálogos magníficos, en los que Marianne y Connell hablan y hablan sin parar. Resulta alucinante cómo la autora es capaz de construir unas conversaciones tan sinceras y al mismo tiempo tan llenas de silencios, malentendidos y torpezas. Tantas que os resultará complicado no querer estrangularlos con vuestras propias manos todo el tiempo.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

 

Llegué a estas memorias de Jeanette Winterson tras una charla con Verónica Sánchez, hablábamos de los últimos libros que habían caído en nuestras manos, y llegamos a las maternidades complejas, tóxicas incluso. Mencionamos a Gornick y de rail pasamos por Karr para acabar con esta mujer.

Winterson reconoce que creció en el seno de una familia terriblemente infeliz, con un padre ausente y colaborador de una madre amargada y beata. Las palabras se convirtieron en su refugio, leer y escribir la salvaron de una infancia durísima en la que se mezclaban la presencia tirana de su madre adoptiva y la ausencia de la biológica. “El bebé explota a un mundo desconocido que sólo puede asimilar a través de algo parecido a un relato (…) pero la adopción te hace caer en la historia después de que haya empezado. (…) La adopción es estar fuera. Pones en acción lo que se siente al ser la que no forma parte de algo. Y actúas intentando hacer a los otros lo que te han hecho a ti. Es imposible creer que alguien te quiera por lo que eres”.

Las memorias de Winterson hablan del amor, del miedo a ser feliz, de la salud mental y la estabilidad emocional, de heridas y cicatrices, del suicidio como única vía de escape. Del hogar como centro de gravedad, del sexo y el aprecio al propio cuerpo. De la pobreza y el hambre que convierten el prohibirse en una forma redención. Winterson habla de clase, de la necesidad de escaparse y diferenciarse de la masa que genera el capitalismo, el individualismo como salida, y de cómo ese deseo legítimo se convierte en un abandono de la comunidad. También de feminismo, rabia e inconformismo. “Para una mujer de clase trabajadora, aspirar a ser escritora, aspirar a ser una buena escritora y creer que eras lo bastante buena no era arrogancia, era política”.

Vientres vacíos

Confieso que leo mucho y que tengo memoria de pez, eso significa que, dentro de unas horas no recordaré nada de lo que haya escrito en estas líneas y mucho menos lo que he leído en el último mes. Sin embargo, este cerebro selectivo del que presumo acierta a recordar que mis dos últimas lecturas tienen como protagonista al dolor.

El colgajo, del periodista Philippe Lançon, víctima del atentado terrorista de Charlie Hebdo, habla del padecimiento físico, claro, al que se enfrenta después de que las balas de unos yihadistas le agujerearan el rostro, pero sobre todo, es el relato de un duelo por el hombre que era antes de sobrevivir. También de un cierto modo de supervivencia y luto habla el otro libro que me ha conmovido estos días, tanto que, a pesar de tener poco más de cien páginas, he tenido que ir dosificándolo. El vientre vacío, de la periodista Noemí López Trujillo, es otro retrato de dolor, el de toda una generación de mujeres que sienten que su tiempo se agota. Mujeres que fueron niñas poniéndose ante el espejo, hinchando y acariciándose las barrigas, soñando con ser madres.

Ahora que la economía global entra en una fase de “ralentización sincronizada” (lo dice la nueva directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, no yo), es decir, que vamos de cabeza a comprobar si sobrevivimos a otra crisis, pienso en estas mujeres que cuestionan en voz alta si realmente llegamos a salir de la primera gran grieta que nos engulló. Ese enorme sumidero por el que acabaron colándose los sueldos mileuristas junto a los sueños de millones de chicas que salen de las universidades, si tienen suerte de pisarlas, saltando de beca en beca hasta cumplir los treinta años y firmar su primer contrato temporal o cobrar su primera factura como falsas autónomas.

Mujeres que se han cansado de que se las infantilice, de ser víctimas de la falacia del esfuerzo, del sacrificio, de la renuncia en pos de un bien mayor, en su caso, un futuro mejor. Es esta generación que sabe que no importa cuánto trabajen, cuántas horas roben al sueño, a sus amigos, a su vida, porque nada mejorará o lo hará muy poco, ya no se promociona, no se llega a la jubilación desde ese trabajo de toda la vida. Ese retrato de desesperanza, desconfianza y miedo impregna cada una de las páginas de este libro que hace de la propia experiencia de la autora el relato de toda una generación de mujeres que soñaron con ser madres, de aquellas que aún lo sueñan y que ven cómo su cuerpo entra en tiempo de descuento. Un reloj biológico que las apremia y sirve para hacer caja a las clínicas de reproducción asistida. Unas mujeres tachadas de egoístas porque lo quieren todo: un trabajo, una vivienda, un salario dignos, ayudas y políticas sociales que les permitan criar a sus hijos decentemente, ofrecerles un presente confortable, un futuro esperanzador. Darles, al menos, lo que ellas tuvieron. Son las mismas mujeres a los que los políticos tratan de instrumentalizar, esas a las que señalan responsables de la baja natalidad y por ende, de cargarse el sistema de pensiones. No hay que ir muy lejos, fue en febrero, por ejemplo, cuando un Pablo Casado preelectoral y con el furor abascalino desatado, aseguró que para financiar las pensiones habría que “pensar en cómo tener más niños, no en abortar”. Su Partido Popular derogaría la ley de plazos de 2010, porque si alguien tiene que perder derechos conquistados en este país, y en orden de preferencia, comencemos por las mujeres. Sus cuerpos al servicio del capital. Malas por no querer ser madres precarias, egoístas por abortar, malhechoras por priorizar su carrera profesional, culpables, culpables, culpables.

Cuando amenaza con regresar de nuevo esa palabra que nos metió el miedo en el cuerpo como lo hace el frío en los huesos, se alzan las voces de las mujeres, acuerpándose, hermoso verbo, para recordar que, para muchas, esa primera crisis es aún llaga, herida abierta.

Publicado en El Periódico Extremadura